jueves, 26 de julio de 2007

Cosa de todos los dias - cuento -

Empezó a llover cuando bajaba del 132. Una cortina de agua, se empeñaba en oscurecer su ropa de abrigo. Sin reparo, y resignado a la ducha involuntaria, protegió en un abrazo el sobre con papeles. Los apretó contra el pecho intentando evitar los charcos más profundos de la vereda de Paraguay al 900. No sabía del pronóstico. Nada, sino hubiese buscado el paraguas negro que hace tiempo no veía o el pilotín de pendiente tintorería. No había tenido tiempo o simplemente no había querido averiguar sobre el clima. Dobló en Suipacha y cruzó por la mitad de la calle. Corriendo, apurado por un taxi que incrementaba su velocidad a la salida de un viaje. Pasando por la panadería se dejó tentar por el aroma dulce de facturas recién salidas del horno. Pero no entró, miró el reloj y decidió no perder ni un minuto de tiempo. La lluvia jugaba a ser diluvio y la gente desaparecía de las calles o abarrotaba los pocos refugios casualmente disponibles. Cuando cruzó Córdoba, el agua no caía, corría en horizontal o montada en remolinos, se burlaba de cualquier paraguas o abrigo. Llegando a la otra vereda sintió el agua invadiendo sus zapatos. Humedeciendo las medias. Incomodándolo como pocas cosas. Pegó en el piso una patada con la planta del pie. Más en señal de protesta que como recurso. Cuando miró el piso, el pelo soltó gotas largas y el peinado se desdibujo en un mechón uniforme tirado hacia adelante. Dejó de preocuparse por la lluvia y por alguna extraña razón recordó revisar el bolsillo derecho abultado del saco. Tantearlo por fuera para encontrar ese relieve familiar esperado. Abultado sonó a llaves contra algo hueco. Cuando llegó a Viamonte esperaba que la oficina pública ya hubiera abierto. Se decepcionó inmediatamente al ver que la cotidiana larga espera, sólo la integraban unos pocos testarudos anfibios. Ocupó su lugar sin mirar demasiado la puerta que empezaba a abrirse. Por lo menos tenían la gentileza de adelantar el horario de atención al público unos 10 minutos. Entraron todos mascullando bronca contra el temporal. Él prefirió el silencio a la conversación inútil. Simuló imitar a los demás en movimientos estertoreos. El piso se inundó primero de gotas, luego fue charco. En la mesa de informes donde entregan los números, las chicas de 40 y pico todavía tomaban mate. El que estaba primero a fuera llegó segundo, retrasado al intentar secar su impermeable y doblarlo para evitar la humedad encima. La mujer que pidió ser atendida, pareció equivocar la táctica. Las omnipotentes empleadas públicas miraron el reloj y siguieron deliverando sobre el final espectante de la telenovela de las 21. Ignorando al resto del mundo. La fila volvió a formase entre resoplar de quejas y comentarios al aire. Cuando llego la hora de inicio laboral, más gente entraba al edificio corriendo. Resbalaban en un charco de agua en la entrada. Los manotazos equilibraban los cuerpos lanzados hacia adelante. Cuando él llegó a la mesa de informes, lo saludaron cordialmente, quizás ya lo conocían mejor que al resto. Su cotidiana insistencia para culminar un trámite llevaba para entonces 38 días hábiles consecutivos. Esta vez, suponía haber completado todos los requisitos. No faltaban ni formularios, ni sellos ni sellados pagos. En suerte le tocó el número 21, para las ventanillas 40 a 55. De memoria caminó hasta el fondo, doblando a su derecha. De memoria repasó con una mirada rápida los números y el indicador de prohibido fumar. Cuando llegó a la primer ventanilla de las asignadas reconoció a quienes atendían las 2 habilitadas para la atención al público. Esperó su turno, otras 3 personas esperaban antes. Todas se fueron malhumoradas, sólo uno cabizbajo. Llamaron por su número. Se acercó a la ventanilla 46 dejando un rastro de agua apenas perceptible. La mujer le sonrió sin disimulo. Varias veces había atendido y rechazado el trámite de este hombre gentil que nunca abandonó la corrección y la compostura. Y que a pesar de constantes formularios incompletos o mal confeccionados, seguía con su expresión tranquila. Se saludaron sin solemnidades casi cómplices. Íntimos. El guardia de seguridad que recorría el salón enorme, seguía las quejas de los ciudadanos de trámites en pena, tratando de pasar desapercibido. No era raro que alguno intentara agredir a los empleados o atacar el mobiliario. Caminaba a la altura de la ventanilla 50 cuando sus años de experiencia lo alertaron sobre movimientos extraños en la 46. Allí atendía Josefina, una mujer de 58 años que conservaba rasgos de una hermosa joven detrás de su atuendo clásico de colores pasteles. A pesar de la diferencia de edad, el guardia como tantos otros eran admiradores de los ojos azules de Josefina que escondían en su profundidad desamor y decepciones sentimentales. El hombre que ella misma atendía, estaba empapado. Desalineado por la improvisación de un peinado que se secaba conforme el capricho de la calefacción del lugar. El guardia decidió acercarse cuando vió que el hombre se colgaba suavemente del blindex grueso que lo separaba de Josefina. La estatura mediana que ostentaba le exigió ponerse en punta de pies para ello, pero logró asirse y asomar la cabeza por sobre los límites permitidos. Roldán, como conocían todos al agente de seguridad, tomó el palo de la cintura aprestándose a actuar. El hombre, seguía encaramado sobre el mostrador y el blindex, y buscaba en su bolsillo desesperadamente. Cuando Roldán estaba pronto a asestar el golpe a la altura de los riñones. Josefina imitó al desconocido. Apoyó sus pies sobre el travesaño de la banqueta, acercándose al hombre que tenía enfrente. Se fundieron en un beso cursi, destemplado, de labios inexpertos que enfrentaban la tibieza desconocida de otros labios casi por primera vez. El guardia alcanzó a frenar su impulso dejando caer su bastón. Finalmente el hombre sacó del bolsillo de su saco húmedo una pequeña caja aterciopelada de color púrpura. Se la ofreció a Josefina, quien se apuró a descubrir en su interior una promesa de amor engarzada en el anillo. Afuera, el sol amenazaba con levantar una humedad espesa, adentro casi todo el mundo murmuraba por lo bajo su frustración. Nadie festejaba ser atendido o la finalización de un trámite. Quizás por eso nadie se percató de esa pareja de solitarios adultos que abandonaron el edificio tomados de la mano, con una sonrisa inusual para esa dependencia oficial.


Nos vemos...

lunes, 23 de julio de 2007

Gripe, que lo parió!

Desde el día anterior al "Día del amigo" tengo dando vueltas en la cabeza esta entrada al blog. Decir algo relevante o no decir nada, es la regla que me ha mantenido en silencio.
No es que haya logrado consumar ese objetivo, por lo pronto desafío con impertinencia esa ley autoimpuesta, con el espíritu de goce que me empuja a escribir.

¿Tiene que haber un día para todo? No lo digo por el día del amigo especialmente, sino en general.

Ahora pensándolo en particular, hasta que no tenga una empresa de telefonía móvil o una humilde regalería, queridos amigos, el festejo de días de este tipo será tenue de mi parte. Deberán conformarse con mi abrazo atrasado o un saludo apurado. De rebelde no más.

Un cobarde y costoso acto de rebeldía (no se imaginan los reproches que uno afronta después; y muchos con verdaderos fundamentos).

Justo cuando tenía el mensaje adecuado pasaron dos cosas más que relevantes y graves. Murió Fontanarrosa y tengo una gripe que amenaza con drenar masa encefálica a través de mis "pequeñas" fosas nasales.

El Negro (Fontanarrosa), a quién conocí brevemente en la Feria del Libro (alguna vez), era otro escritor de culto más para mi (cercano a la realidad y las intenciones que busco en mi letras de menos kilates) , que descubrí tardíamente detrás del monstruoso Mendieta casi por accidente. Ya saben el resto, si es que han leído, escuchado o visto sobre su millonario pase al equipo de la eternidad, donde juega de titular seguro. Ese Dream Team dirigido por el "Barba" (una especie de técnico magistral, pero muy jodido con las convocatorias) y del que seguramente es hincha mi querida abuela Elda, sentada en la platea que se ganó aguantándome de pequeño.

No sabría como explicarles por qué, el egoísmo humano que nos aqueja ante la ausencia de alguien querido, tironeando de mi alma me arrebató un par de lágrimas. Si, tal cual.
El Negro un tipo que en su mejor época no tenía el Physique du Roll que yo invente para mis amigotes de aventuras, resultó ser bastante más importante para mi de lo que creía.

No sé si por sus escritos que en definitiva, ahora son más nuestros que nunca (y por ello más de él). Supongo que por esa tenacidad silenciosa de ser simple. De simplificar como los grandes la jugada más sublime. Casi como un maestro de la felicidad, buscándola y encontrándola con poco, aún ante la huesuda mano fría acariciándole la barba.

Por ahí me puso triste recordar que quienes intentamos vivir la vida, faltándole el respeto a la muerte, con la inocente intención de justificar ese hecho definitivo y garantizado sólo pretendemos tener a mano la certeza de haber sido dueños de cada día, sin saber si eso alcanza llegado el momento.

Mientras el mundo parece faltarle el respeto a la vida, andamos por ahí unos pocos locos sueltos que preguntan cosas sencillas buscando respuestas seguramente complejas. (Si aún siguen con su terca idea de leer este blog, bienvenidos al club y por favor busquen un siquiatra o acéptenlo... es parte de la cura reconocer la enfermedad).

Pero cono diría Mendieta, "la muerte es demasiado sería como para tomarla a la tremenda".

Por eso, minimizando el hecho e intentando emular la travesura literaria permanente del lenguaje común y la ironía equilibrada de un relator de historias comunes de gente común (Obras de Fontanarrosa). Hice de la gripe un monstruo.

Influenza que combato de a poco, con todo el arsenal disponible, atado a la vela mayor y haciendo oídos sordos del canto de sirenas que pretenden meterme en cama.

La gripe agrandada ahora ha logrado que olvide la regla que cité al comienzo, con los ojos achinados, que además de miopes... hinchados, han logrado confiar en las vacaciones de la necesaria lectura de correciones fallidas.

Me expondré al juicio del tiempo... total... la historia me juzgará.

Teniendo de mi parte al mejor de los abogados: el olvido (El original es de Mendieta, ver más frases).

Vermout, con aspirinas y good show...

Nos vemos

lunes, 16 de julio de 2007

El barrilete, segunda parte

La forma del barrilete más allá del diseño, era una cuestión de aspiración y demostración, construirlo en rombo y volarlo, era de principiante, uno avanzado claro, si es que puedo forzar esa categoría.

El honor se alcanzaba con el hexágono o un octógono. Era toda una impostura volar un "chiche" de esos. Un lujo, una provocación a la historia del barrio por ser escrita.

Lo más difícil, no era remontarlo, sino "crearlo". Ponerle los flecos alrededor, y del color justo, de papel o de tela de acuerdo a la maniobrabilidad deseada.

La ayuda de algún mayor era improbable e inesperada. No era que no estuviese permitida, es que eso era una especie de logro, de premio, un orgullo adicional si aparecía. Los "grandes" no suelen compartir esos momentos especiales de "niño", nunca hay tiempo o bien hay otras cosas que hacer. De tener ayuda adulta, la cosa no sólo era más fácil sino más linda.

Eso sí, debía existir un equilibrio entre el aporte propio y el colaborador adulto. Máximo 50-50. O eso nos permitíamos mentir.

Y yo tuve uno de esos. Esa especie de Cádillac de los barriletes (las limousines, que eran los "cajones" voladores no me interesaban demasiado. Además esos requerían un 80 o 90% de colaboración adulta).

Mi barrilete "perfecto", empezó un domingo a la mañana, con la intención de volar el domingo a la tarde. Tenía suerte, el tiempo acompañaba y yo tenía esa picazón que me acompaña cuando sé que algo bueno está por pasar.

Descontaba que no habría ayuda de nadie adulto, salvo la colaboración de la abuela con retasos de tela. Pero ese fin de semana estaba en casa, por razones que desconocía y desconozco, mi tío. No cualquier tío, sino el tío que estudiaba en buenos Aires y en la universidad! Con quien nos veníamos poco, pero cada vez que estaba cerca me sentía bien. Siempre tenía algo para enseñarme jugando, casi un cómplice a pesar de la diferencia de edad.

Este tío, quizás por sus estudios y prácticas tenía una habilidad con las manos cercanas a la magia.

Quizás él no recuerde, que armamos en la cocina un barrilete volador excepcional. Ahí estuvimos como dos chicos, pegando, doblando, cortando, atando y disfrutando del aroma de la comida que se anunciaba lista, cuando con la mano derecha tomo el barrilete por los tirantes de hilo y sopesó con destreza cómo embolsaba el aire y el peso de semejante hermosura.

Para después de comer quedó terminar la cola, revisar el secado y atarlo al hilo madre de la madeja, ya manoseada y enrollada alrededor de un pedazo de rama elegido por mí a tal fin.

Tal era mi entusiasmo con la "creación" lograda, que en bici me apuré a invertir mis pequeños ahorros en una madeja adicional de 100mts, apenas terminé de comer. Quería, si era posible, explorar el espacio exterior. El kiosco de Contini que cerraba una hora después de pasado el mediodía (los diarios llegaban a las doce y los repartían en una hora) no quedaba tan lejos, y llegué cuando estaba cerrando (el mismo donde compraba bolitas de vidrio "comunes o las ojito). El esfuerzo valió la pena, aquel viejo conocido volvió a abrir el kiosko para mí. No le dije nada, lo contagió mi entusiasmo o quizás el brillo en los ojos que hoy le envidio a los chicos cuando juegan o su amistad con mi abuelo.

Cuando volví a casa, un amigo del tío se lo llevó a dar una vuelta (otra cosa no puede hacerse en mi pueblo a esa hora). Hablarían de viejas anécdotas adolescentes o planearían quien sabe que salida. Mi bronca traicionó mis ganas, entregándome a una siesta no deseada.

Cuando me levanté, la abuela cebaba mate al abuelo, al tío y una vecina. Después de tomar la chocolatada caliente, haciéndome el distraído me hice más visible y ruidosamente anunciado al desarmar el ovillo de hilo nuevo para agregarlo a la madeja. Era el reclamo en actos de un despegue deseado.

Mi tío entendió el mensaje y ultimó detalles.

El barrilete "cadillac" era todo un conquistador de los cielos, un domador del viento, una ilusión hecha realidad. Salimos de la casa sin mucho abrigo, sabíamos que el ejercicio de correr hasta alcanzar la altura suficiente, donde el viento hacía el resto, sería por lo menos de tres o cuatro intentos (eso lo hacía de por sí un éxito) que nos harían entrar en calor.

No recuerdo por qué no fuimos hasta la misma vía tranquila del tren. Quizás mi tío prefirió cierta cercanía, cruzamos la calle y la vereda de pasto amarillo (por la helada) y superamos el alambrado. Nos quedamos en ese espacio donde solían pastar las vacas del jefe de la estación, entre las vías y los 7 hilos de alambre.

Allí corrimos para un lado y para el otro, cuidando que en cada remonte fallido la caída fuera lo más inocente posible.

Por fin, avanzando rápidamente y en paralelo a las vías como quien va hacia la estación, el cuerpo de papel sitió el golpe del viento frío. Podría jurar que crujió el esqueleto de caña fuerte y a la vez delicado. Atado con precisión por el centro donde se cruzaban los pedazos de caña conformando una hélice de seis palas que se escondían detrás de titulares incompletos del diario La Nación del domingo pasado.

Yo corrí acompañando al tío, a su lado, a la misma velocidad pero con unas ganas más terribles, más inocentes. Sé, imagino en realidad, que cuando mi tío comenzó a soltar hilo, la fricción debe haberle quemado el dedo que funciona como freno parcial a la gula del barrilete que se descubre pájaro. Lo vi en su rostro o quizás lo imagine.

Yo ansiaba sostenerlo, pero preferí que la experiencia estabilizara la situación.

No me ofreció la madeja tal y como él la sostenía. La tiró al piso y me dio el hilo. Tirante, nuevo y agresivo. Me dijo que lo sostuviera firme y que si aflojaba, tirara. Y si tiraba, aflojara. No voy a olvidar la sensación.

Cuando me trajo la campera, le pregunté si debía soltar más hilo o no. Fue entonces cuando me lo regaló. Me dijo que lo manejara a mi antojo que era de mi propiedad y podía hacer lo que quisiera. Era mío!. Ese barrilete que casi había consumido los primeros cien metros de hilo, era mío. Imagínense.

El orgullo pintó ese barrilete de los colores más bonitos posibles. No habría otro igual. Y casi todo era perfecto, si no fuera por el frío y los labios partidos.

Ese barrilete estuvo en el aire tanto tiempo que incluso los abuelos y los vecinos estuvieron un rato mirando al cielo, buscando la mano inexistente que mantenía esa marioneta en el aire. Mis amigos desde lejos no daban crédito a sus ojos.

En mi recuerdo, el cielo era celeste como ningún otro, tan profundo y claro como mis ganas de hacer pis que empezaban a estropear el momento. La medida de mi entusiasmo desafió al pudor. Apenas me puse de costado para dejar escapar la presión en la vejiga. Recuerdo el vapor indiscreto que el frío insistía en hacer notar.

Entonces supe que ese vuelo no sería eterno.

El viento empezó a complicar las cosas y el barrilete cabeceaba demasiado, miré al tío que cada tanto salía para ver como estaba. Desde lejos me decía "traélo un poco, soltá, soltá..."

Y eso hacía. Después de todo se había ganado las insignias de capitán.

Anochecía rápido, como es capaz de hacerlo el invierno en domingo sobre todo.
Empecé a recoger lentamente, con cierta melancolía aguda.

Como en una premonición el tío me dijo gritando, sentado lejos, en el jardín de la casa, que me cuidara de los cables de tensión.

Cerca, a casi unos treinta metros del suelo, ese barrilete no quería resignar su libertad o la perspectiva de altura, de acá para allá y de allá para más allá.

Y tocó los cables de media tensión. Supuse erróneamente que me transmitiría electricidad o simplemente me asuste sin sentido.
Lo solté y cayó, para volver a elevarse y caer de nuevo rodeando el cable.

Cuando tomé de nuevo el hilo, el viento jugaba con el barrilete y este desesperado sólo contribuía a las arteras intenciones del cable de cobre.

No sentía dolor ni pena cuando mi tío que se acercaba. Entonces lo convertí en super héroe, pensé que podría con algún tipo de truco docto liberar mi barrilete para continuar nuestro idilio otro día en el aire. No pudo. No se pudo.

Cortó el hilo y se ganó mi enojo. Enrolló en la madeja el hilo que venía muerto, resignado, y que yo miraba sin mirar, buscando en el suelo la forma de no llorar.

Cuando puso su mano en mi cabeza y me dijo, "no importa, otro día haremos uno mejor", empecé a soñar con otro, mejor, más duro, hermoso y eterno. Lo miré al tío y agradecí que fuera humano y tío mío en definitiva.

Con el tiempo y sus inclemencias, el barrilete colgado del cable perdió su estética y por un lapso más largo mostró su resistente esqueleto desnudo. Al comienzo, esa inaccesibilidad cercana me derrotaba, me doblaba la esperanza y me ocultaba el sueño.

La lección fue larga y cruel. Sólo lo entendí cuando los pedazos de cañas resecas cayeron al suelo. Lo material sólo es accesorio, banal, irrelevante por si sólo, no así la potencialidad humana, la propia. Mucho menos nuestros deseos o sueños.

Lo material puede ser un ancla o un trampolín, incluso en las pérdidas o en las victorias. Lo más importante reside en otra parte, adentro e invisible.

Con ese barrilete excepcional de mi tío que me regaló una única maravillosa tarde, pude aprender a dejar ir lo que ya no importa si está perdido. Fue liberarme de la pérdida envalentonado por la confianza en que podía y quería hacer algo mejor.

Antes que la adolescencia reemplazara la pelota, las bolitas y los barriletes por mariposas en el estómago y sensaciones eléctricas en el cuerpo. Volví a construir barriletes, sin mi tío pero copiando su habilidad.

Incluso remonté una estrella, un barrilete de cinco puntas, que convirtió en leyenda los recuerdos del barrio, porque fue capaz de consumir toda la madeja, cortar el hilo y desaparecer de nuestra vista lentamente, detrás del molino harinero por sobre los eucaliptus del otro lado de las vías.

También esa vez, volví a soñar. Y eso hago cada vez que todo parece enredarse o escapárseme de las manos.

Desde lejos, a ese tío "barriletero" seguramente sorprendido por estas memorias, quiero desearle un atrasado (fue el domingo) FELIZ CUMPLEAÑOS. Querido tío, gracias por ese barrilete y el otro, con el que pude soñar para seguir.

Nos vemos!!!

viernes, 13 de julio de 2007

Barrilete, primera parte

Hoy estoy de aclaraciones, son esos días vio, donde los hombres (género masculino) deberíamos tener una excusa regular al modo femenino, algo determinado naturalmente y por ello casi inevitable. Aunque puede que sea un eco esquizoide temporal que el terapeuta corrige con eso de "desdramatice, hombre, desdramatice". Pero como él desconoce la dirección de este blog y en consecuencia no lee (y por suerte no edita), con ustedes me permito dar explicaciones cuando no hace falta.

Hablo mucho del pasado, no con nostalgia sino con placer, a la manera en que Abelardo Castillo sostiene que la vida de un escritor (ya quisiera yo...) es la infancia y la adolescencia.

Porque existe la forma en que el pasado no es una carga sino combustible. Los comentarios de varios de ustedes (que agradezco mucho y que pondero) lo demuestran. Escribo sobre las cosas simples (insisto) que nos hacen felices aún en su ausencia y que por ello cotizan cada vez más alto.

El barrilete (ver más información) es una de esas cosas que espero poder disfrutar de nuevo con la excusa de mis hijos y por qué no de mis futurísimos nietos.

Para tratar este tema hace falta en principio ubicarse en espacios temporales y meteorológicos.

Ambientes muy abiertos, Julio o Agosto, viento y frío, poca movilidad por el abrigo, labios paspados, manos torpes de dedos anestesiados y ganas de desafiar la gravedad.

Yo tuve entre otras suertes, la de pertenecer a la generación que vio aparecer el barrilete "industrial", un juguete masivo, de bajo costo, que compraba en aquel kiosco de la esquina, construido con dos cañitos de plástico liviano, un cuerpo (lo que podríamos llamar vela) de un material muy delgado y liviano (nylon o polipropileno, espero alguno de ustedes pueda confirmarme el dato), con una cola de tiras coloridas del mismo material. Sólo bastaba comprarlo y complementar con hilo "choricero" adquirido en el almacén de la esquina (que más tarde sería Supermercado) a una cuadra de casa.

Sin embargo, el entusiasmo de ese barrilete lo transmitía más el impulso consumista y la imagen atractiva que venía estampada sobre él. Los colores del club de futbol, el símbolo de Superman o Batman, para las nenas en esa época Frutillitas o Snoopy. Así y todo la cosa no pasaba de dos o tres remontadas...

Por eso lo mejor para todos era "fabricar" nuestro propio barrilete. Los "parantes" cruzados eran de caña seca seleccionada de una milimétrica medida desconocida a ciencia cierta pero exacta a ojo y estimación práctica.

Papel de diario. El mejor para eso era la el de La Prensa, absorbía menos humedad, por lo tanto además de más liviano era más durable. La Nación era un sustituto aceptable y más fácil de conseguir. Clarín era última opción, muy absorbente y un poco "corto".

Sin ellos, la "trampa" era recurrir al papel afiche, que además de cumplir con aceptable sustentación aérea tenía cierto colorido pomposo. Muchos "competidores" en los torneos barriales decían beneficiarse con el uso del papel manteca (algo así como modificar el carburador o los pistones en un auto de carrera), aunque siempre me resultó poco creíble además de caro y algo pesado, aún en la presentación más delgada. Pero mi abstinencia de trofeos en la materia me descalifica para opinar sobre el elemento.

Si la intención era la búsqueda de la redención artística, que implicaba obedecer un código de honor no escrito, la cola vinílica (plasticola en esa época) era una traición a la pureza del código barriletero del barrio y al orgullo artístico personal. El engrudo era la esencia del planeo simétrico y el ingrediente que le otorgaba al constructor el título de "Seguidor de Leonardo Da Vinci".

Era tan así, porque no se trataba sólo de mezclar agua con harina. Las proporciones y los materiales utilizados eran fundamentales a la hora de maximizar la función que cumpliría en forma pero también en tiempo, sin afectar el peso y rendimiento de la "nave".

Las posibilidades eran demasiadas, pero recuerdo haber probado con leche, aceite, vinagre y soda, o mezclas entre sí en reemplazo del agua, y experimentado con harinas leudantes y no leudantes, de varios o pocos ceros, con aditivos "secretos" (maicena por ejemplo) o sin ellos.

Otro punto a considerar, tan importante como el del cuerpo era la cola. Las proporciones y el peso son claves. Los materiales "nobles", retasos de tela (generalmente de sábanas viejas o camisas) en tiras finitas y largas. La cantidad y espacio de separación es un secreto más guardado que la fórmula de Coca Cola. El objetivo es principalmente alcanzar la mayor maniobrabilidad sin sacrificar la magestuosidad de un prolijo "peinado".

Un punto neurálgico en la búsqueda del éxito eran los tirantes, son esos hilos que atados a los parantes (de caña o cañitos plásticos) confluyen unidos a hilo madre que termina en madeja.
La asimetría lo haría inmanejable y la extensión excesiva era sinónimo de inestabilidad y probables caídas en tirabuzón.

Por último los detalles estéticos. Retoques de color, anilina para las telas, apenas tempera al agua para el papel.

Después hacía falta tiempo de secado, viento (mal tiempo sin lluvia mejor todavía) y muchas ganas.

Y... a probar el prototipo/producto terminado.

Lo que les acabo de relatar, créanme bajo juramento que, no es una revelación completa, eso sería causa de "hara kiri" respetando al niño que todavía mira el mundo a través de mis ojos.
Porque fueron muchos los barriletes que mordieron el polvo, arañaron el orgullo y se enterraron en la bronca de desaprovechar un día especial de barrilete, y ese costo tan alto limita la desclasificación de algunos secretos.

Cuando recuerdo esas rabietas de fracasos barrileteros, valorizo esas tardes enteras de varios dias (las mañanas pertenecían a la escuela), donde los abuelos me cedían la mesa de la cocina para desplegar el arte y la alquimia de pibe con ínfulas de ingeniero aeronáutico, técnico químico y científico del juguete, al abrigo del frío y al calor de un cariño permanente imponderable.

Tanto las valoro que en la escala inevitable que solemos construir con estúpidos propósitos, están varios segmentos de mérito arriba de aquellas otras tardes donde el barrilete le hizo cosquillas al cielo y el éxito eclipsó al resto.

Que loco no? Los fracasos de mis barriletes artesanales son hoy ocasiones memorables y parte de los cimientos de mis pequeñas fortalezas personales, en una época donde se sostiene que el fracaso, se antepone (relativiza) a la intensidad misma de los signos vitales para decretar la muerte de alguien...

Sí, mejor no vemos luego, para la próxima un homenaje a aquel gran barrilete...

jueves, 12 de julio de 2007

Quien soy?

En un mail alguien gentilmente sugirió la idea de que quien escribe (EGO) era una especie de Paulo Coelho, Leo Buscaglia, Jorge Bucay o algún tipo de gurú para la vida moderna.

NO. NO SOY NI PRETENDO NADA DE ESO.

Apenas puedo cargar la responsabilidad de justificar mi existencia como para tratar de asumir dosis de culpas ajenas, que aunque no me pesen perturban más a quien le duelen...

Soy un tipo complicado porque busco en lo sencillo, debajo de mis mugres, las cosas que creo me sirven y cuando funciona para mi se nota. Cuando no... intento que no lo vean. No es orgullo, ni figuración, es asumir lo que me toca. Ninguna cruz y demasiado bueno, pero también porque hacemos (varios) el esfuerzo.

Mi escritura es una irreverencia, una falta de respeto a los límites de lo adecuado. Sin duda la lectura es responsabilidad plena de ustedes. Celebro a quienes disfrutan el resultado de mi disfrute al dejarme llevar en palabras o verso en búsquedas sencillas o comentarios casuales, pero no es cura ni tratamiento. No es receta, como creo tampoco veneno.

Soy el que encuentran en estas líneas, legítimo, frontal, de redacción sangrante, sin estética cuidada al extremo ni intenciones ocultas. No me pidan que describa mi genialidad (:)) o confiese mis criminales defectos. Para uno u otro caso la historia tiene soluciones extremas...

Como lector sé que los efectos de lo que se escribe supera los límites esperados por el autor, y esa es precisamente la mística de la literatura, una sola fuente para millones de imaginaciones particulares. Pero de ahí a creer en que ensayo sobre la condición humana en un sentido terapéutico es demasiado. Sin ofender.

Se entiende?

No olviden que:
La lectura de las publicaciones en este blog son exclusiva responsabilidad del lector irresponsable.-

Nieve en Buenos Aires!!!

Si, si. Tenía que esperar que los medios dejaran el tema para tratarlo como se debe. No quería pasar por exitista ni de relato fácil.

Yo no sé como habrán vivido ustedes el acontecimiento meterológico, por mi parte no dejé de consustanciarme con él (congélandome con el perro, que resultó ser el pretexto para no parecer uno de esos enloquecidos de nieve sorpresa). Sí, también saqué unas fotitos, después de todo tengo que ir fundamentando mis cuentos para cuando sea viejo y exagere...

Raúl mi amigo de la plaza, no quiso terminar "encerrado" en un galpón y bajo régimen de "niñera" (como él llama y describe la ayuda del gobierno), así es que prefirió enfrentarse al frío, con abrigo e inteligencia. Una dosis de supervivencia extrema ganada a fuerza de querer vivir un día más. Lo encontré más corpulento, casi un titan. Dos camperas encima, sobre un buzo de "polar", guantes, gorro de lana y afecto de la gente.

Pero no viene todo esto a lo que quería comentarles, sino algo relacionado con "las pequeñas cosas".

Nacido y crecido en un pueblo del interior (ya sé que lo saben, pero tengo que reforzarlo ahora que he alcanzado la mitad de mi vida en esta ciudad maravillosamente monstruosa), tengo que decirles que allí, se tiene la sensación del cielo permanente en la perspectiva de tu mirada o el horizonte presente, vacío de obstáculos en muchos casos o recortado por árboles y sin paredes, algo difícil de entender sin el ejercicio de vivirlo.

No sé si se percibe yendo de aquí al campo, pero viniendo de allí para acá si. Claro, no antes de superar el efecto encandilador del mostrador donde Dios atiende, con luces de neón y la historia hecha monumento a la vuelta de la esquina, sino mucho después.

Aquí, el cielo resulta recortado en una franja, más o menos grande, pero que se extiende hacia adelante y atrás de la perspectiva del peatón, terminando allá lejos donde pareciera que la calle deja de serlo. Y uno descubre que hay cielo a los costados al llegar a las esquinas, sólo si hace el esfuerzo de buscarlo levantando la vista. Porque en el imperio del apuro, un semáforo en verde para los autos es un obstáculo apetecible de riesgo y merecedor de una corrida desacostumbrada. Asi que cielo minga...

Una de las cosas que me sorprendió (alguna vez les contaré lo primero que me dolió) apenas llegué, es que las personas en la ciudad ignoran el sol, o la lluvia e incluso el frío y el calor. Claro, hay muchas veredas donde apenas llueve, el sol lo cruza uno de casualidad a la mañana levantándose entre edificios y casi de paso a la estación final de nuestras corridas. Y a la vuelta, con suerte, lo encontramos del otro lado fugándose entre otros edificios.

Pero no es que las personas se desentiendan del "tiempo" como le decimos al clima (una especie de aceptación racional de nuestra esclavitud creciente al ritmo del segundero). No hace falta más que pararse en una esquina en horario pico y con lluvia para enterarse que un taxi resulta una especie de ambulancia al rescate o una baldosa floja una de las siete plagas bíblicas, junto a la punta del paraguas que se arriesga a desatar la ira del portador de ese ojo amenazado. Entre muchas otras variables que terminan convirtiendo al clima en un factor de potencia en el humor corriente o los estado de ánimo.

De hecho es también un recurso socializador para esta ciudad multitudinaria de soledades individuales. El tiempo es el puntapié de una charla sin sentido, para romper el hielo o pasar el otro tiempo, el del reloj. En lo personal pienso que la profesionalización del pronóstico del tiempo, no es más que la respuesta a una demanda social de las grandes urbes. Sensación térmica, estadística histórica de mínimas y máximas, pronóstico extendido, alertas, probabilidades, presión atmosférica y algunos términos más que no cabían en mi estrecha memoria. Todas escusas perfectas para alargar una charla escueta, de intenciones estrechas y diversas.

Y lo mejor de eso, resulta cuando no aciertan. Es la excusa perfecta para congeniar en una especie de agrupación solidaria circunstancial contra "el complot de los científicos atmosféricos" y esgrimir filosas espadas imaginarias que claman por las cabezas y sangre de los meteorólogos mediáticos.

Y ahí estoy yo, como uno más... "sufriendo este frío increíble" o "este calor de locos, que hace años no se daba". Sensaciones temporales, salvo que estén trabajando en la calle o "callejeando". "Adentro", las únicas cuatro estaciones posibles son las de Vivaldi, en invierno la calefacción ha 25 grados, en verano el aire acondicionado en 17...

Por eso cuando a la naturaleza loca, que más que amenazarnos parece reírse a carcajadas de nuestra confianza de especie omnipotente y eterna, se le antojan copos de nieve alrededor del obelisco y nos tiñe de blanco la viruta tanguera del piso, no puedo negar la emoción de estar viviendo un momento histórico, algo grande; resultado de algo pequeño como una lluvia indecisa entre gota o hielo.

Emoción injusta, dolorosa e irreverente con el sol radiante y el cielo límpido de los fríos días de invierno o esas lluvias reparadoras de los veranos agoviantes, o de los otoños de transición que nos preparan con resfríos para las gripes de invierno o esas primaveras de minifaldas y bronceados adelantados.

Se me ocurrió después de la nieve, preguntar sobre como estaba el día. Sorprendidos o desencajados me contestaron con montañas de "que te importa", una pilas de "un día de mierda" y varios "normal, como siempre".

La emoción no dura demasiado, incluso menos que los muñecos de nieve.

Otra vez volvimos a olvidar lo maravilloso de cada día y de la magia de un sistema natural que nos supera y sustenta. Una macana, de verdad.

Yo he comprobado que cuando no me regalo un instante para disfrutar algo de "ese viaje" de todos los días, ese tiempo parece perdido, ajeno, no mío. Como si esa parte de vida fuera un separador entre vida y vida. Propia pero con entretiempos. En un intento por ser propietario de una vida continuada busco pequeñas escusas que valoricen ese período de tiempo, un buen libro, ver a los nenes corriendo al colegio y esas sonrisas puras o la belleza de esa mujer cruzando la calle o ...

Cuando me refiero a rescatar y disfrutar las pequeñas cosas no me refiero a las pequeñas grandes excepciones (que terminan en anécdotas, fotos que nadie mira o exageraciones intencionales) como la nieve en plena pampa húmeda, sino a las que se ocultan en nuestra rutina y probable fastidio, esas que pueden regalarnos la escusa para reír o la sensación de "que lindo día". Porque seguramente pueden encontrar cada tanto un buen recuerdo reciente y sostener un "que bien dormí", "que bueno estaba el mate" o "esto del sexo a la mañana me mata". Todos a modo de ejemplo y ninguno estrictamente necesario (aunque tengo mis dudas sobre el último).

Resulta sencillo, después de armarse esa idea acostumbrada de "uuff que día me espera hoy", busquen que pequeñas buenas cosas pueden considerar y pónganlas en la mochila de viaje (recuerden que vale todo para el caso).

Si lo ponen en práctica van a ver que es como cuando al café demasiado fuerte lo cortan con un poco de leche, no dejás de tomar café, y puede que sea un crimen, pero además de más llevadero, resulta único en proporciones. Precisamente como cada día de nuestra vida.

Nos vemos!

miércoles, 4 de julio de 2007

La siesta

No voy a filosofar o aburrirlos al respecto, creo que algunos sabemos valorar ese momento inigualable (de riesgo cardíaco según he leído hace un tiempo), donde uno se deja llevar por el esfuerzo digestivo en un día libre y sin querer uno invierte tiempo en babearse, roncar o en una puesta de espalda única. Tampoco sobre la posibilidad (o no) de que la siesta sea el pretexto para escribir cartitas... a París (:))...

YA LLEGARÁ ESE TEMA, pero esperaré que pase el furor del baile del caño y demás para que no digan que me aprovecho de la coyuntura, o que me cuelgo de las TETAS de alguien...

Yo quería invitarlos a recorrer mis recuerdos de siesta, no de como deberían ser sino como eran en un pueblito visto a la distancia del recuerdo y con ojos de niño o adolescente, pero sin guardar orden cronológico.

En mi pequeño pueblo, la siesta en verano era inevitable, también en invierno supongo pero yo estaba en la escuela (salvo cuando iba a la mañana) o el colegio. Y extrañamente no recuerdo mucho esas tardes interminables de invierno (la tele empezaba a las 17 en el único canal disponible y a las 19 en verano), sí recuerdo el dolor de los labios paspados (una constante) posterior al picado en la canchita de la vía, o el calentador a kerosene con una ollita hirviendo hojas de eucalipto medicinal (las redondas para los que no conocen...) que solía perfumar el cuarto donde dormíamos con mi hermana e incluso prevenir la gripe o "abrir el pecho" y la bendita estufa a leña del living en la casa de mis abuelos.

Pero quiero invitarlos a mis recuerdos de las siestas de verano, que muchas veces me invaden la mente regalándome una tranquilidad increíble y una profunda alegría. Como todo niño, la siesta era un espacio de rebelión, ninguno quería perderse ese tiempo hermoso, donde el pueblo te pertenecía con sólo salir a la calle.

Así que con la abuela teníamos un acuerdo tácito, ambos teníamos la idea de aprovechar la siesta a nuestra manera, pero existían actividades que teníamos en común dentro de las posibles a esa hora y hasta un pequeño premio a permanecer en casa.

Leer el Tony y Dartagnan, era una forma de disfrutar el encierro forzado, pero... no siempre era (yo) tan fácil de convencer...

Calor, mucho calor, con el sol cayendo en vertical, bestial, sin "una gota de viento". La sombra de los árboles en la vereda era tan negra como iluminada la calle. La brea del asfalto se volvía blanda, apta para huellas traviesas o enamorados con intención de inmortalizar su amor.

Saliendo por el patio casa por medio, los gorriones se desgañitaban gorjeando en la pared de ladrillos alta, gastados o ausentes, de la casa de "Negrita".

Aquello parecía un pequeño palomar, pero de estos inmigrantes europeos como habitantes y sus potentes piadores crías. Yo los veía por sobre tapial que separaba la casa de los abuelos de "lo de Chola", pero se oían en todo el barrio. La cantidad era más importante que el volumen.

No me hacía falta más que mirar sólo un poco más a la izquierda y encontrar ese árbol de granadas colmadas y partidas al medio de maduras, también del otro lado. Que sabían deliciosas sin permiso y que aunque Chola o Mario (el esposo) nos regalaran, yo seguiría intentando sustraerlas, confiado en mi superdesarrollado poder de selección (eso creía al menos).

A la derecha estaba la "bici" amarilla "estacionada a la sombra del techito de chapa de la ventana de la cocina. Entonces montaba el móvil con una destreza que añoro, cruzaba el pasillo fresco por fuera de la casa (la otra salida a la vereda) y de allí a la libertad.

Pero no era un escape... para ello hubiera necesitado por la mañana establecer claramente el lugar y las actividades donde los fugitivos de siesta del barrio nos encontraríamos. Cuando más peligrosa la actividad planificada, mayor convocatoria seguro.

Sin ese plan establecido y con un rollito de billetes en la mano, doblaba a la izquierda ( a la derecha no se podía, te encontrabas con los terrenos de la vías, que les conté antes), a una velocidad constante que me permitiera zigzaguear sin manos de vereda a vereda con la quietud como cómplice y una habilidad creciente como socia.

Luego a la derecha, en esa época las calles eran mano y contramano (ahora las pretensiones de ciudad han cambiado eso), una cuadra más.

Por último media cuadra a la izquierda. Allí me detenía un buen rato para ver que película tenía el cine-teatro "Español", que durante el año ofrecía sólo una matinee los domingos a las 2 de la tarde, exclusiva para chicos. Aunque en verano, muchas veces eran cada 15 días y dependiendo de la temperatura.

Era importante revisar esa cartelera, para saber si estaba suspendida la peli del domingo. De ello dependía parte de la tarea siguiente. Ir el domingo seguro que iba, pero dependía de lo mucho que me gustara la película, si compraba o no mani con chocolate. Si me gustaba, si.
Si no, miraba la película relajado, extrayendo o imaginando historias para jugar después con los amigos. Flash Gordon recuerdo mereció 2 cajitas de ese maní con chocolate que con suerte, no estaba húmedo... (aquella vez)

Con la idea más o menos clara del presupuesto para el domingo, entraba a la Heladería "Laury", la única que solía estar abierta durante la siesta temprana, esa que permite a algunos clientes prolongar la sobremesa con un postre helado. Pero casi nunca tenía que esperar mucho, los clientes no abundaban a esa hora (se llenaría más tarde a eso de las 21 cuando las vecinas salían a caminar con el fresco). Compraba 3 helados en vasitos de masa dulce, nunca del más chiquito, tampoco el cucurucho, ustedes saben...

Para mi hermana, crema del cielo (por el color más que por el sabor) y pistacho. Para la abuela dulce de leche con nuez y vainilla. Yo fidelidad extrema al limón y chocolate (en esa época). El vuelto que no era mucho, tenía que ver con la cartelera del cine, película buena, vuelto para mí. Si no, la abuela prometía ahorrarlo para la siesta al otro día.

El regreso no era tan acrobático, primero porque no me daban bolsita, con una mano en el manubrio, el calor presionando sobre los sabores elegidos y el paquetito de 3 helados en la otra, la cosa era LLEGAR. Y créanme lo peor era cuando con la bici llegaba a la puerta del pasillo (por el que había salido), sin hacer ruido para no despertar al abuelo que ya para entonces dormía, pero usando todo el cuerpo para tener el vehículo, los artículos comprados en un paquete no precisamente equilibrado y el picaporte duro de la puerta.

Superado el obstáculo, el único reclamo posible podría ser el de no traer cucharitas, pero rápidamente lo olvidábamos. Seguramente se me habrán caído otras cosas, esos helados NUNCA.

La abuela se recostaba sobre el sofá verde del living, nosotros en una colcha sobre el piso que amortiguaba lo duro pero regalaba frescura. El helado duraba nada. La abuela se permitía dormitar un poco, nosotros seguíamos con las revistas. Yo prefería a Nippur, Dax o Pepe Sanchez, Savarese, La legión extrangera, Boina Blanca, entre otros. Mi hermanita prefería el Intervalo con las historias de amor, Gente de Blanco, Mi novia y yo...

Hasta que la abuela se levantara para seguir con los quehaceres o nos despertáramos sorprendidos con la voluntad vencida por el sueño.

Cualquiera podría pensar que escribo con nostalgia sobre un pasado irrecuperable (algunos me lo han dicho) sin embargo, créanme, son cosas que me enseñaron mucho y me fortalecen. Lo simple, por sencillo, es tan hermoso como ignorado.

Esa tarde que les describo, no es sólo una tarde, pueden haber sido varias repetidas o mezcladas por mi relato, pero así como lo cuento lo recuerdo. Yo creo firmemente en las pequeñas cosas precisamente por mucho de aquello.

Esas siestas en el living tenían las persianas de los ventanales grandes bajas, revistas, helado y un compañero infaltable, el ventilador azul de la abuela.

Con el tiempo, de preferir, en verano honro la siesta (la noche me gustaría "gastarla" de otras maneras que durmiendo) con aire acondicionado , pero cada vez que puedo le hago un regalo a mi corazón, prendo el ventilador y ese sonido simple, sin arte ni ciencia, me produce una sensación hermosa con la que sólo puedo tener buenos sueños de siesta...

Conservo cierta fidelidad para conmigo de pequeño, no me planteo dormir, prefiero quedarme dormido despacio, con un libro por supuesto...

Hagan la prueba... en la balanza de sus vidas pongan muchas cosas simples, casi ignoradas del lado de las grandes buenas cosas y después me cuentan...

Nos vemos!

lunes, 2 de julio de 2007

Alerta Epidemia

Hola gente linda!
Otra vez Lunes, pero acá estamos con más actitud que la promovida por Telerman en Buenos Aires (es muuuucho decir, eh)

Ya vamos a retomar esa cuestión de la felicidad que parece no cotiza tan alto como esperaba.

No he tenido mucho comentario, ni suelto, ni en patota. Al final me queda por creer que: o son todos felices, o realmente estamos todos de la cabeza o lo que están tomando realmente es bueno!!! ( el hecho de que lean esto es parte de los requisitos de incapacidad).

Pero vamos a otra cuestión, que es más urgente. Vicioso de la información permanente no me desconecto nunca hasta que los bebés me desconectan invitándome un café en taza vacía o un mate sin yerba, agua ni azúcar. Por eso ando con la cabeza como ando, más desinformado que nunca y menos preocupado de lo que debo.

Entre tanta info, escucho y leo (vieron que la tele cada vez informa menos, salvo claro que se trate de alguna guerra de vedettes o crímenes obscenos ya aburridos de lo repetido?) que crece el contagio de gripe y se propaga más rápido y más fuerte, que antes supongo...

Lo bueno de esto es que si pudiéramos quitar las gripes que alargan los fines de semana y las excusas, seguramente tendríamos un 45% menos de problemas gripales (quedaría los reales o los de cuidado). Pero ni lo uno, ni lo otro me preocupa.

Para los casos de fines de semana más largos, mis respetos. Para los segundos, si hay tiempo y dinero (recuerden que la salud, ya no es más del que la tiene sino del que la puede pagar) "vacunensé", no mata y ayuda. (Se los recomiendo yo que no lo hice!).

Pero no es la gripe la epidemia que más me atemoriza, mi abuela solía decir que la gripe es como un aviso leve, para recordarnos que somos más mortales de lo que creemos. La que me tiene realmente preocupado es esta otra enfermedad que desde hace tiempo nos afecta en general.

Lo peor de todo es que somos todos portadores asintomáticos, aunque a menudo enfermos de ello en grados diverso (un poco, mucho o todo).

Claro habrá excepciones, aunque prefiero no arriesgar. Uno siempre puede sorprenderse de formas muy desagradables.

Esta enfermedad, que tiene en la historia un lugar relevante y silencioso, cada vez tiene un medio más favorable para su desarrollo y dispersión, tanto que hoy puede confundir, y posibilitar la convicción que detrás de ella hay una virtud oculta que, en definitiva desconocida (y por ello de alguna manera mística), justifica cosas incomprensibles.

La verdad no sé demasiado de esta vieja enfermedad, que porto y sufro en mi medida (una cruz que pesa mucho), desconozco los antídotos que supongo deben ser más sociales o culturales que químicos.

He revisado muchos libros y sólo encuentro casos o definiciones, como si no hubiera tratamiento posible. Y parece que tampoco lo consideran una enfermedad, jah. Así nos va.

Pero bueno, solitario en mi decisión y lucha, me queda por hacer lo que creo justo y necesario (a juicio de mi juicio extraviado).

Salvo que sea usted algún tipo de alquimista moderno (científico que le dicen), no le recomiendo ponerse a buscar mecanismos para combatirla, menos en solitario, para no caer en la frustración, depresión o la resignación.

Como en lo personal detesto la resignación, no así el conformismo (considerando la resignación como la derrota del alma que te quita brillo en los ojos y el conformismo como más racional y circunstancial, temporal, admisible y a la vez inestable). sólo nos queda la lucha.

Entonces, como parece no haber tratamiento (para algo que negamos como enfermedad). Por ahora, lo mejor es prevenirnos entre nosotros (los que creemos estar lo suficientemente locos como para ponernos a pensar en ello). O los que se animen a asumir ser portadores juiciosos.

Comienza el PLUCOM, sin demasiada estrategia y con objetivos bastante borrosos pero intentando dar una respuesta a un problema grave.

Este Plan de Lucha Contra la Mediocridad, no es nuevo, es una reedición de permanentes fracasos y proyectos precisamente mediocres. Por ahora tiene como punta pié inicial un mensaje pseudopublicitario, barato, retórico, de escaso contenido y supongo que por todo ello, exitoso (sino miren las campañas políticas recientes):

"Tengan cuidado, la MEDIOCRIDAD crece y es muy contagiosa.
No digan después que no les avisamos."

PLUCOM 2007, financiado por la OMMAL (Organización Mundial de Mediocres al Mando, para deducir impuestos.)

Nos vemos...
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