lunes, 8 de septiembre de 2008
Vuelvo... como un super héroe
He intentado convencerme de a poco que volver a la dinámica de un blog como el que quiero, es una verdadera locura. Sin embargo vuelvo. Una forma de decir claro está, porque como el clima, uno no sabe hasta cuando va durar...
Como cada vez que uno intenta repetir una actividad que abandonó hace tiempo, no deja de comparar situaciones. Para no aburrirlos diré que hoy por hoy estoy más ocupado, más viejo y menos predispuesto a hacer cosas sin retribución, no necesariamente en papel moneda (acepto tarjetas, joyas, autos, barcos, etc).
Pero la cuestión es: por qué volver? justo ahora con tanto por hacer...
Simple. Tengo la excusa perfecta. Y al final verán que no me pertenece, digo, no la inventé yo. Pero en resumen: PUEDO CON TODO.
Uno de estos días, especiales porque disfruto de criar a mis niños, a pesar de las broncas que suele generarme lidiar con trillizos, teníamos esas charlas sin rumbos que uno puede tener con niños de 2 años y medio un sábado frío de invierno por la tarde. Donde la referencia frecuente es la imaginación de situaciones, recurriendo a personajes familiares entremezclados con películas infantiles o personajes de dibujos animados desconocidos para mi. Todo esto mientras disfruto de mates ficticios, deliciosas tortas con forma de pieza de rompecabezas de cartón y helados en forma de pelotas de plástico de colores diversos.
Son charlas relevante para los que quieren ver como la vida dispone de uno y no como creemos. Incluso hasta es posible sentir como el corazón se detiene o se acelera sin hacer más esfuerzo que recibir un abrazo de esos bracitos cortos y un "te quero mucho papi".
Será que uno deja de ser uno. Y termina siendo un chico también.
Así, me termino quedando más tiempo que el que tenía pensado. Intentando evitar emocionarme visiblemente, para no responder a la pregunta de si estoy triste. Y lo evito, mintiéndome sobre lo difícil de hacerles entender que uno podría llorar como un pavo sólo con mirarlos desafiar la gravedad.
Estábamos ensimismados, en la habitación donde hacen y deshacen como si fuera un territorio independiente del que la madre pretende un orden mínimo imposible. Yo sentado en el piso, con la espalda a la pared, las piernas extendidas pero cruzadas, y ellos alrededor. Cocinando, cebando mate, subiendo a la cama o bajando pero siempre riendo, cuando no renegando porque alguno molestó a otro.
No recuerdo mayores precisiones al respecto, quizás el golpe emocional sólo me permitió conservar en la memoria la situación para tenerla como referente. Porque la verdad no recuerdo sobre qué hablamos los cuatro en ese momento.
Ellos en 3/4 de castellano inteligible y yo articulando palabras con un nudo en la garganta que va y viene.
Entonces se detuvo el tiempo. Estoy seguro que si las noticias científicas salieran en los medios cotidianos todos nos habríamos enterado del evento. La tierra dejó de girar y las agujas del reloj se detuvieron, aunque fuera digital.
Se acercó un poco, a poco más de quince centímetro y mirándome a los ojos. Como me gusta que lo hagan cuando hablamos. Con esa mirada intensa y alegre, inocente y a la vez inquisidora sobre el mundo que recién empieza a conocer.
A su misma altura prácticamente, mis ojos de papá se regocijaban con su belleza única, imposible de explicar para otros ojos que no fuesen los míos.
Entonces dispara, me pregunta con esa voz pequeñita que parece acariciarme el alma hasta cuando me saluda por teléfono. "Papá tu qué eres?".
Pregunta existencial que no termino de resolver todavía, y que de repente ella pretende que responda con la autoridad con la que me reconoce. Sonamos, pensé.
Pero como me enseñara la mamá oportunamente, apelé a lo simple a pesar de lo complejo. "Yo soy un nene grande Ari", respondí con la seguridad de estar equivocado.
No hizo falta que me extendiera. Ella, ejerciendo su derecho de libre opinión me corrigió.
"No, papá, tu no eres grande." Bueno, pensé yo, lo único que falta es que crea que soy de la edad de ellos. Pero insistió.
"No papá, tu..., tu eres un superheue".
Quién haya alguna vez intentado entender la psiquis humana, al menos leído o conjeturado sobre el tema, entenderá mi momento. MOMENTUM, que le llamaban los griegos.
Agréguele a eso una pizca de machismo latino y un toque de devoción de padres a hijos... y ni siquiera podrá aventurarse a entender como me sentí.
Supe en ese momento que podía volar, con o sin capa. Arreglar los problemas del mundo entero chasqueando los dedos y proteger el planeta de todo riesgo poniendo simplemente el pecho o usando mi visión de rayos laser.
Justo cuando pensaba en desgarrar la camisa y mostrar la insignia en el traje de color que me identifica, Lauti insitía con probar mi resistencia al dolor tirándose sobre mis rodillas. Por supuesto no grité a pesar de redescubrir mi mortal existencia. Conservar la imagen puede ser todo para un padre al que confunden con Superman y no quiere ser descubierto todavía.
Seguimos jugando después de la sesión de besos. Pero desde entonces no soy el mismo.
Asi que disculpen mi petulancia, mi soberbia paterna y autosuficiencia existencial, ahora...
TENGO CON QUE.
Hasta la próxima...
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