La besé y toqué tanto como pude. Quizás
ella no quisiera tanto, o por ahí quería
más y yo no supe aprovechar esa chance mágica. Paré sólo cuando sentí que
se escurría en mis brazos como agua.
Entendí que había estimulado la
liberación de CRF, ese factor liberador de la corticotrofina hipotalámica. Y
como todos saben, el CRF liberado en abundancia tiene el potencial de activar
circuitos neuronales responsables de la respuesta sexual espontánea.
Acabó. Y el orgasmo nos sorprendió
en plena calle, a semi oscuras en un atardecer de otoño con mi dedo índice señalando
el infinito. Aunque el mayor también supo acomodarse a su manera, pero esto sólo
lo supe cuando el aire volvió a ser suficiente para oxigenarme el cerebro.
Me dijo que sintió frío y la
abrace con el alma, esperando que mi calentura fuera suficiente abrigo. Me susurró al oído que era tarde, después de mirar con evidente disimulo el reloj en su muñeca.
La vi subir al colectivo de
luces violáceas, que apareció a esa hora sin que me diera cuenta. Apareció tan inoportunamente como se alejó dejándome envuelto en una nube tan negra como insalubre. Yo camine de
regreso. De ida en realidad, porque claramente no me había venido.
Cuando cruce la trigésima sexta
calle tuve un instante mágico de inspiración. Un sublime soplido divino sobre
mis ideas desparramando tanto papeleo al pedo.
Entonces todo me resultó claro.
Las mujeres con reloj claramente no
me convienen.