Alguna vez, hace aproximadamente un millón y medio de años, una especie de mamífero bípedo se encontraba frente a un elemento que aunque no le era del todo extraño, porque seguramente reconocía la capacidad destructiva de este, le era ajeno en su más amplio sentido. Un día, seguramente muy especial, unos pocos de estos homínidos se arriesgaron, no sin pagar con dolor físico un costo previsible, y pudieron mínimamente “atrapar” parte de aquella fuerza casi mágica y trasladarlo para el provecho de todo un grupo. En aquella desconocida fecha nuestro anónimo predecesor, más precisamente el Homo Erectus pudo trasladar el fuego de un incendio por medio de una antorcha improvisada.
De allí en más, el problema más importante no fue cómo conseguirlo, sino mantenerlo vivo. En términos biológicos el resultado de ese simple hecho fue espectacular. La especie conquistó territorios sin límites, mejoró su alimentación, incluso sus herramientas básicas, se multiplicó más rápidamente y lo más importante, conquistó la insegura oscuridad de la noche.
Una noche que era todavía propiedad del sueño, los temores y el silencio, ya que el Homo Erectus carecía de un lenguaje hablado para el intercambio de ideas.
Mucho después, hace apenas unos treinta y cinco mil años, otra especie de homínidos conocida como Homo Sapiens, en latín “hombre sabio”, pudo encender el fuego a voluntad, frotando dos maderas con fuerza y un optimismo sin precedentes. Seguramente hizo falta un par de tercos individuos que ante el pesimismo generalizado escalaran la gloria y el poder político encendiendo una pequeña llama.
Este dominio casi mágico del fuego, alargó las veladas nocturnas y el silencio se fue quebrando en frases que comenzaron a concentrar hechos pasados, y constituirse en relatos y cuentos donde se magnificaban hazañas y resguardaban saberes. Los sueños crecieron al calor y la luz de las hogueras, mientras el ingenio hambriento crecía por sobre los logros materiales y apostaban al arte para plasmar cosas dichas y aprendidas.
Parece complicado pero no lo es. Hace un millón y medio de años, nuestros antepasados remotos, parieron las fantasías intelectuales, que ahora preferimos llamar ideas, encontrando en una antorcha improvisada la pareja progenitora. Hace sólo treinta mil años y con el fuego a nuestro pies, las ideas se liberaron de la mente individual para conquistar la libertad plena a través de los conceptos colectivos compartidos. Fue posible, recién entonces, soñar en conjunto, incluso planificar en términos utilitaristas. Desde entonces lo Posible, fue redefinido toda vez que un pequeño grupo de individuos (comenzando incluso con el par de individuos como cigoto necesario), creía en sí mismo más allá de lo evidente.
La Academia griega quizás comenzó con un maestro y un aprendiz, y aunque tal vez no haya sido Rómulo y Remo el relato mitológico más plausible de la fundación de Roma seguramente se inició realmente con unos pocos. Y así, casi con seguridad fue requerido el mismo número mínimo de individuos, el que habrá iniciado aquella revuelta que terminó con la toma de la Bastilla, o en las independencias de América Latina y cómo no en la Revolución Mexicana.
Desde aquella época, donde nuestros antepasados lograron encender la llama, hasta esta parte de la historia, mucha tinta y sangre han corrido bajo los puentes. Tanta que algunos Homo Sapiens tienen el descaro de autodenominarse “Homo Sapiens Sapiens”, a pesar de su incapacidad de hacer fuego con dos maderas y recurrir al fuego de las velas para recrear el sublime momento del apareamiento psicofísico del que gozaban nuestros ancestros en rudimentarias cavernas. Y en alguna parte del camino, a pesar de la invención de la imprenta y la revolución que supone internet, la fantasía se volvió una cosa de locos o de niños y los sueños se han declarado bienes escasos y su posesión un lujo extravagante, a cierta edad por supuesto.
Pareciera que, como nunca antes, lo Posible está delimitado por un marco ideológico un poco teórico y casi siempre paracientífico, que convida sólo a unos pocos, a los de siempre, a fantasías de vuelo bajo y al conformismo material o mediático.
Así entendida, esta parece una época gris, donde habría que acostumbrarse al sabor agrio de la resignación y tener que convidar el trago a los hijos que nos suceden y justifican. Pero quizás sea algo similar a esto, o el frío insoportable de una era glaciar lo que llevó al 1% de los Homo Erectus a quemarse con el fuego para terminar inventando la antorcha, o la insoportable exigencia de mantener el fuego encendido lo que necesitó al mismo porcentaje de Homo Sapiens a raspar dos maderas, o el incómodo peso del ocio lo que indujo a los pocos griegos que la sufrían a iniciar la filosofía, o el simple miedo a otra invasión sangrienta empujó a una pequeña porción de gentes a la fundación de Roma o el hambre de muchos envalentonó a un porcentaje mínimo a la Revolución Francesa y lo mismo para la Revolución Mexicana y el Movimiento Independentista Latinoamericano.
No es una cuestión de fe, o quizás lo sea incluso por exigencia racional, sino fruto de lo solemnemente empírico la necesidad de afirmar que nada está perdido, o mejor dicho que todo está por ser descubierto nuevamente. Porque seguramente hay entre los casi siete mil millones de humanos sobre el planeta un 1% dispuesto a revolucionar la idea de lo Posible más allá de los límites razonables.
Y si para muestra solo se requiere un botón, vaya este artículo de colaboración que nació entre los arrabales de Montevideo, la tierra que fascinara a Cortés y una charla sin tiempo entre amigos hermanados que se autodefinieron conscriptos voluntarios de ese porcentaje que no se rendirá ante lo “imposible”.
El lector ocasional, quizás crea que esta es una declaración de voluntades, una bravuconada retórica que pretende edulcorar el presente, pero será el lector que se apropia asiduamente de estas páginas el que se sentirá libre para creerse parte de esa porción de la Humanidad o no.
Para los primeros es necesario aclarar que ese 1% es aquel verdaderamente capaz de cambiar la Historia y quizás advertirles que cada vez resulta más fácil estar de este lado, sobre todo considerando que uno no puede sentirse sólo entre 70 millones de soñadores.
lunes, 3 de abril de 2017
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