lunes, 27 de agosto de 2007
Vida subterranea (Relato)
Cuando camina rápido, tan rápido como ahora, siente la pantorrilla de sus piernas arder, una molestia que anticipa la contractura y la molestia para el resto de la jodida jornada. Quizás las botas de taco alto o el esfuerzo por no resbalar o simplemente ese intento absurdo de esquivar la lluvia, que sin fuerza, insiste con la complicidad del frío que se cuela por debajo de la pollera larga.
Tanta ropa no alcanza. Ni para evitar el frío, ni para escapar de la humedad. Resulta exceso de equipaje. Pero avanza rápido, al mismo ritmo de tranco largo, sonriendo. Le sonríe cómplice a la vida que la sorprende cada tanto, en algunos días, pero nadie se percata de eso y seguramente no la entendería.
Está cerca de la escalera que se hunde en la vereda, casi a los pies del florista. Baja tan rápido como puede a expensas del esfuerzo del pasamanos. Estación Olleros de la linea D de subtes.
Se siente cansada pero luce radiante. Lo que sigue es molinete, piropo del guardia, espera breve, formación que llega, puertas que apuran y asiento bendito.
La gravedad anticipa y refuerza su voluntad de dejarse caer. De caminar corriendo a sentarse, sin transición. Lugares hay, mirones también. Desarma el envoltorio de abrigos, los dobla sin cuidado sobre la falda, revisa si el celular está encendido, ignora a los babosos, y trata de domar un despeinado prepotente. Luego se tira de cabeza en el bolso. Allí esconde entre otras cosas secretos en pequeñas porciones, recuerdo en servilletas, pastillas de menta, perfume, tampones, la novela interminable, llaves, lapiceras, una agenda que se empeña en desafiar los límites calendarios y el neceser que revienta de magia en maquillajes.
Se enfrenta al espejo recostado en su mano, para ponerle color a sus labios, mentirle al mundo sobre la forma de sus ojos o las ojeras de su alma. Alarga las pestañas y reparte polvo traslúcido. Se encapricha con el pelo húmedo y caprichoso, cepilla con desgano y desiste en el intento.
Sonríe mientras guarda todo. Había empezado a preocuparse por el Doctor Rodriguez y su manía de recordale a todos, durante los días hábiles, que su título de abogado le dió dinero y el dinero además de disgustos, empleados mediocres o inútiles dependiendo del humor de cada día.
Así era empezar todos los días la última etapa del viaje que la acercara a su puesto de trabajo y este a su sueldo de todos los meses.
Sin embargo prefirió revivir el ahogo de su alma en esos labios y el revuelto de cama. Recordar el por qué de las sábanas enredadas, las medias sin pares y las prendas íntimas de paradero desconocido. Le basto retroceder un día, una de esas fechas sin homenajes que se escurren entre los dedos pero que la dejo así de cansada o de satisfecha.
Recordó la espalda que recorrió de memoria como con las manos, el oportuno calor húmedo de su entrepierna, la aspereza de esa barba masculina de trasnoche agrediéndole el cuello sin querer o sobre la traidora entrepierna queriendo.
Respiró profundo otra vez y sin abrir los ojos estuvo de nuevo en la mañana del domingo sin desayuno. Él, incendiando el aire con su perfume a hombre y sus manos paseándose por donde no debían y ella quería, aun cuando todavía no pudiera empezar a despertarse. Bendijo aquel mordisco exacto a sus pezones dormidos y pudo casi volver a sentir esa ausencia de aire que la obliga siempre a suspirar viseralmente después.
Ahora mantiene los ojos cerrados con tanta fuerza como decisión, mientras se amontona gente y estaciones a su alrededor. Escapándole a la rutina aburrida del viaje, ha decidido revivir de memoria esa siesta ahogada en fluidos propios y ajenos, donde encontraron equilibrios absurdos en posiciones improbables. Siesta sin sueño, pero como si fuera precisamente uno.
Vuelve a sentir las mariposas en el estómago y esa sensación en el cuello que la obliga a tener escalofríos y calor en simultaneo. Hormigueo en sus pechos y electricidad en las piernas. Extraña esos ojos en sus ojos y el instante diminuto donde ella ruega en silencio que él siga, pidiéndole a los gritos que por favor se detenga.
El vagón ya es gente sobre gente. Casi sin aire, sólo hay lugar para los carteristas infaltables y su habilidad sublime de malograr días de otros apropiándose de cosas ajenas.
Sentada, ella intenta minimizar el espacio que ocupa , una muestra de simple buena voluntad que agradecería cuando es ella quien viaja sin asiento. Sabe que en tres estaciones más, deberá enfrentar la jungla de brazos y sobacos, maletines, mal humor, una garantida tocada de culo y algún codazo intencional. Todo para alcanzar la puerta, sin perder sus pertenencias ni su dignidad e iniciar una rutina que ni siquiera justifica el anémico recibo de sueldo.
Cuando la estación Callao desaparece de la ventanilla, a ella no le hace falta ninguna escusa para negarle otra ves la visión a sus ojos con los párpados cerrados y rescatar del olvido las habilidades de Marcelo en general o las de su lengua en particular. La asalta el recuerdo de la carne latiendo caliente, suculenta y sabrosa. Salvajemente tentadora.
Evoca la noción del frío de la mesada en su desnudo, el resbalar sobre la mesa del comedor, lo peligroso de cabalgar en la bañera, la fricción de la alfombra en su espalda o el concierto de gemidos en el dormitorio. Su memoria duele, arde, transpira, retoza, goza y cansa.
Abre los ojos. Busca telépatas entre los pasajeros y por suerte no los encuentra. Se acomoda la ropa, pero igual sigue incómoda. Se sonroja sola, no extraña a su pareja, la perturba la distancia con su hombre y eso la hace sentir culpable, apenas una hembra.
En la estación Catedral, el arribo la obliga al empujón inhumano y a pedir permiso sin ser amable. Alcanza el andén apenas, no sin luchar con las puertas para que liberen su impermeable. Recupera la compostura para volver a abrigarse, mientras la multitud la deja atrás a la carrera.
Sube las escaleras y otra vez la lluvia, el frío, el transito alborotado y los ruidos. El mundo real asesina a su libido. La empleada administrativa comienza a fagocitar a la mujer, cuando su teléfono personal proclama su utilidad trascendente a los timbrazos.
Parada en la esquina, antes de avanzar debe elegir entre cruzar la calle ahora o leer el mensaje de texto y esperar el próximo verde del semáforo.
Revuelve el bolso otra vez, atrapa el minúsculo aparato y lee: "Tngo ganas d hacert el amor, te xtño, t amo y t dseo".
Ella ensaya un carcajada corta que oculta con sus manos. Sonríe, vuelve a lucir radiante, sabe que eligió bien la combinación de encaje negro que coronará el regreso a casa.
Entonces el mundo toca retirada, sabe que el día recién comienza pero la batalla acaba de terminar en su contra.
martes, 21 de agosto de 2007
Amor a lo macho (relato)
Sin pausa, en esos instantes eternos, pensé en mi apariencia, corregí la postura. Apenas la corbata. La barba de unos días y el peinado no tenían arreglo. Decidí entrar sigiloso como pidiendo permiso en mi propia casa, que no era hogar. Le faltaba esa calidez particular de lo ordenado sin orden. De pretender que las cosas tengan su lugar sin que hubiera suficiente para todo.
Asomé la cabeza esperando encontrarte parada, en medio de la sala con los brazos cruzados, la cabeza levemente inclinada hacia la derecha y el repiqueteo del pié izquierdo pretendiendo marcar el ritmo del reproche que extrañaba. Sin embargo no estabas ahí.
Cerré la puerta con el sigilo de quien busca no despertar a nadie. Pero en realidad buscaba algún sonido familiar que revelara tu ubicación en este departamento de dos ambientes pequeños, que solía ser un desierto los viernes a la noche y un infierno los sábados a esa misma hora. Tu presencia suponía cortar la ausencia de antes, de tanto tiempo de sábanas frías y silencios helados.
Escuche la canilla de la cocina gotear como siempre, me arrepentí en el acto de no haber cumplido la promesa de hace años y cambiar de una buena vez por todas el dichoso cuerito.
Me sobresalté de repente. Me sentí indefenso, agobiado, derrotado por las circunstancias. Sin si quiera mirar alrededor, ni trasponer el pasillo hacia la cocina, me percaté de la mugre que me acompaña en solitario. Un desorden postergado para cuando pueda o tenga ganas, "total no viene nadie". Y ahora, si estabas en casa de nuevo... me descubrirías en mi pesada amargura y desgano de lavaplatos.
Pucha, pensé que hubiese sido bueno que si venías a verme te encontraras con el "amo del universo", el dios del que erróneamente habías renegado y te enceguecías ahora con el aura del triunfo sobre el tiempo y la soledad. Hubiese pretendido que encontraras incluso un toque de sofisticación. No sé, algo de jazz entre los cds de cumbia, aunque detesto el jazz. O por qué no ropa femenina del tamaño de las modelos, como para que supieras que eres bienvenida al reino de un sex symbol, como una licencia que me tomo por decisión propia.
Pero no... Si es que aún estabas, estarías seguramente desmayada o exhausta de tanto gritar frente a los especímenes gigantescos de cucarachas que me ganaban la batalla a su manera, perseverando, sabiendo que en el fondo las terminaría por aceptar como parte del mobiliario.
Sentía tu perfume a pesar del olor a humedad que seguramente estaba ahí desde que te fuiste o un poco más tarde. Olor que ahora reconozco por oposición a ese aroma tuyo. Tan especial y único que hasta me da bronca de reconocerlo como si fuese un perro en celo.
No es la fragancia, sino la profundidad de ella, ese toque único y permanente que en alquimia perfecta le otorga tu piel a cualquier perfume. Huele a jazmines, sobre la superficie frutal que habrás comprado para todos los días.
No estabas. Ya no estabas. En la cocina, en el baño o en el dormitorio, sólo estaba tu éter. No la hipotética substancia extremadamente ligera que se creía que ocupaba todos los espacios vacíos como un fluido, sino como disolvente orgánico o anestésico o antibiótico o lo que puta fuese.
Por lo pronto mi corazón sin anestesia se disolvía y con la cara entre mis manos sentado en la punta de la cama deshecha, sentía que mi alma se escurría en lágrimas estúpidas.
Tonto, engañándome a mi mismo, como si mis miserias evidentes fueran soportables o aceptables. Como si pudiera ofrecer abrigo a tu perfume en mis brazos y contenerlo en caricias de privilegio, y así olvidarme del bendito fútbol o las películas de acción como vos querías.
Me incorporé sin ganas, levantando las medias sin pares más cercanas, desparramas a desgano y con intención de no levantarlas jamás. Hediondas, olvidadas, descocidas y teñidas de cualquier cosa, fueron a parar al baño de un sólo manotazo. Bronca en bronca. Calentura por la inocencia absurda de creer que tu perfume te anunciaba, te pintaba de cuerpo presente y resultó despintarme una ilusión minúscula.
No sé. Pensé que si estabas podríamos tomar unos mates, que me contaras de tu días y yo si me acordaba, poder contarte del mío. Pero prefería escucharte. Bah, mirarte en realidad. Me gusta ver en tus ojos ese entusiasmo con el que vivís la vida. También me encanta descubrir esos "dientitos" alineados, blancos, que juegan a las escondidas entre tus muecas y los labios. Uuuuh, y si pudiera besarte, besarte como antes... Con la humedad ansiosa del amor en llamas y no con ese beso seco de compromiso diario.
Casi puedo imaginarte ahí, de ese lado de la mesita rebatible de la cocina. Mientras cebas mate dulce al compás de tus gestos de baile. Vos en la silla negra con el respaldo desnudo en goma espuma y yo en la banqueta marrón caoba, incómoda para sentarse pero certeramente elevada para regalarme un poco más allá en ese escote que recuerdo normal pero tan excitante al descuido.
Ni hablar que si pudiéramos, y quisieras claro, haríamos el amor descontroladamente. No bruscamente, pero sin control de horarios, sin cuidarnos del desgaste físico y sin guardarnos nada. Imagino cumpliendo tus deseos, esas fantasías que descubrí con el tiempo y que creías horrorosas y resultaron celestiales. Reclamarte en cada lugar y en cada escena un orgasmo tuyo, como una ofrenda a tu regreso y sepultura de aquella despedida agria.
Pero no estás y ni siquiera tengo ganas de tomar mate o mirar fútbol. Y vos sabés que por ambas cosas soy capaz de dar un riñón, sin exagerar.
Nada, ya no huelo tu piel y la distancia vuelve a abrazarme. Otra vez las cucarachas, las medias, la humedad y la mugre. El infierno de mi soledad por tu ausencia.
Lo sé. Resulté insoportable, o inofensivo, ingrávido o simplemente ausente de tu vida. Si no hablamos por que no hablamos y si hablamos porque terminábamos discutiendo.
Cuando te fuiste aquel día, la verdad creí que volverías. Por las tuyas, por eso ni pregunté a donde ibas. Suponía que tu hermana o tu vieja serían un paliativo corto para tu tristeza inentendible o ese enojo inexplicable.
Cuando te llamé a los 15 dias a lo de tu hermana y me dijo que no estabas con ella ni con tu vieja, no podía creer que te habías ido con otro. No me dolía, simplemente no lo creía. Fue así.
Más tarde alguien me dijo que te fuiste con el pelotudo que atendía la carnicería del supermercado chino. Un paraguayo, podés creer. Me dejó por un carnicero, a mí. Justo a mí, un tipo predestinado al éxito, con una carrera por delante como administrativo municipal, perito mercantil, con conocimientos de inglés y manejo de PC.
Me acuerdo que después de imaginarte encamada con ese negro de mierda, contraté unas trolas baratas. No quería gastar mucho por un rato. Pero no hubo caso, a veces no podía y si podía no quería. Y vos con ese por ahí, haciendo quien sabe que cosa.
Por suerte se me pasó rápido. Los celos no son mi fuerte durante el mundial de fútbol. Cuando nos volvimos en primera ronda te eché la culpa a vos. Si, a vos que no sabías planchar el cuello de las camisas, ni el jean con raya o preparar un postre casero sin comprar las cajitas.
La puta madre ahora me doy cuenta. Estuviste en casa seguro. Claro, te debes estar muriendo por volver. Estarás ansiosa de tenerme en tus brazos y sentirte verdaderamente mujer como sólo yo puedo hacerlo.
Si, seguro. Era eso, tuviste un momento de calentura y viniste a verme. Te cagué, no me encontraste, tilinga...
Abrí la ducha del baño y me desvestí. Estaba a punto de entrar a bañarme, cuando me tomó por asalto la idea. No lo podía creer. No podía ser. Pensé que era un perseguido. Intenté negarlo pero no pude saltar por sobre la sospecha. La inquietud me llevó desnudo hasta el living, prendí la luz y de un manotazo me puse los anteojos. Busqué en el mueble donde se amontonaban papeles y facturas pagas o por pagar.
No la encontré. Por Dios, no estaba. No estaba y punto. Se la llevó.
Fue entonces cuando vi que en el mueble de los cds había dos espacios vacíos. Faltaba algo ahí también. Ahora sí no lo podía creer. Era una pesadilla evidente.
Yo, que nunca cambié la cerradura esperando que volvieras con la cola entre las piernas a pedirme perdón. Yo, que incluso estaba dispuesto a olvidar tu traición y disimular mi enojo con razón, ahora sentía el puñal de tu traición en la espalda, perfumado pero mortal.
Perra maldita, ojalá te mueras mirá. Sabés que podés hacer con todo eso? Metértelo donde quepa y seguro que cabe sin problemas en cualquier lado sin enrollarlo. Yegua, trola, traidora.
Sos igual que todas al final. Mañana cambio la cerradura. O crees que vas vivir a costa mía. No, se acabó.
Volví al baño, no sin antes dar media vuelta de llave a la puerta de entrada. Bajo la ducha todavía no podía creer que fueras capaz de semejante cosa.
Llevarte la estampita de San Cayetano que tanto querías sin avisar, como los ladrones, era casi infantil, una provocación. Pero bueno, eso vaya y pasa pero llevarte esos cds, eso si que no te lo perdono.
Claro, donde vas a conseguir un clásico como ese disco de Juan "Corazón" Ramón o el de los Quilla Huasi que compraste un día de la primavera sin mi permiso y que tanto me gustaron al final. Lo hiciste a propósito, para joderme.
La ducha fría no me hizo bien, me puso triste.
Estuviste. Lo sé por el perfume, y volviste a irte. Que ingrata, pero que bonita que sos, tan joven y con esa piel tan suave...
Pero te llevaste lo que más quiero sin avisar, y te perdono de nuevo.
Quizás no cambie la cerradura. Pero voy a tener que limpiar un poco. Por ahí, antes de que empiece la Copa Libertadores te cansas del carnicero y volvés.
Sí, por ahí volvés de una vez por todas con alguien que te quiere bien y de verdad. Venís a casa otra vez como antes.
Volvés conmigo de nuevo, con este macho cabrío que no tiene vergüenza de llorarte así como te lloro, hija de puta.
Me merezco otra oportunidad. Yo te doy otra a vos también. Dale, volvé. Por favor, volvé.
lunes, 13 de agosto de 2007
El buen egoísmo
El sistema económico productivo capitalista (los maxistas dirían el modo de producción) en definitiva tiene el principio de la individualidad centrado más en el "deseo egoísta" de las personas que en el propio individuo. Algo así como "se es lo que se quiere tener". Los países subdesarrollados hemos confundido eso con "se es lo que se tiene" (así nos va, no?).
Bueno pero la cosa es otra para esta entrada: El egoísmo según nos enseñan (familias, religiones y partido políticos mediante) es malo en su esencia, casi inhumano. Y esto es así porque se supone que todo existe en un número limitado y menor al número de humanos que habitan el planeta, por lo tanto se supone que si yo lo quiero y lo tengo, el resto que lo quiere y los que no lo quieren... simplemente no lo tienen.
Lo cual no es tan así, sobre todo en esta etapa desarrollada de la humanidad y del capitalismo (la explicación de esta frase vale por un seminario político filosófico pago).
El egoísmo proviene del instinto de supervivencia, es intrínseco a los seres vivos. Como o muero. Si come él, no como yo. Incluso los "aburridos" vegetales aplican esa regla. La misma preocupación por el otro (como la filantropía o la limosna o la contribución) tienen fundamentos filosóficos en el egoísmo "no quiero que sufra porque no quisiera eso para mí", "soy bueno porque ayudo", "quiero el cielo después de esta vida", etc
La cuestión se complejizó con el desarrollo de un sistema social que sobreproduce pero distribuye mal, que estimula los deseos materiales y reprime los naturales, mata por obesidad o por desnutrición, etc ... Se debe sacrificar uno todos los días, para darse tal o cual placer cada tanto (alto costo, no?)
Pero con la intención de responder a la pregunta propuesta en un comentario anterior me limitaré a eso (en un café interminable podemos seguir las otras lineas que propuse).
"Cual es el límite entre mis derechos de disfrutar la vida, mi vida, la existencia misma y el derecho de los demás (que pretenden hacer lo mismo)", me preguntaban.
El límite ante todo es el acuerdo social (que nos autoimponemos, habrá que preguntarle al superyo propio).
Pero en última instancia el límite es el egoísmo de los otros. Allí si hay un gran problema, que no sería el egoísmo sino la hipocresía. Todos somos egoístas, menos o más egoístas pero lo somos.
Aunque la mayoría lo negamos permanentemente, entonces ocultamos nuestros deseos por ser... correctos.
Los celos de amor son eso, los caprichos también, los enojos suelen serlo... (Otra cosa es la envidia estimados que es sapo de otro pozo).
Negarlo es lo que se transforma en un gran problema. Y eso ocurre muchas veces. Cuando no sabemos lo que queremos (y en realidad sólo negamos nuestro deseo) suele ser lo más común (o no?).
Somos hipócritas con los demás, pero a la ves traidores en potencia de nosotros mismos. Negar que deseamos es frustrante por definición.
Si cada uno de nosotros expusiera su egoísmo y asumiera su posición, todo sería más fácil. Negociar sería más sencillo.
Los límites estarán allí, enfrente, donde se chocan tu egoísmo con el mío. Ese encuentro se resolverá con un acuerdo de partes, donde ambos resignaremos algo y ganaremos algo o no se resolverá nunca y quedaremos enfrente, sabiendo cuales son tus deseos y los míos. Transparente como el agua.
Pero... no somos así.
Según creo el derecho a disfrutar la vida de uno mismo no tiene límites de por sí, incluso los criminales más terribles siguen la norma hasta que se lo impiden por la fuerza. Si uno quiere diferenciarse de ellos quizás debamos tomar algunos recaudos como por ejemplo no exponer la vida de los otros a ningún tipo de riesgo, ni a su físico ni psiquis.
Por otro lado podemos proponer al resto que participen del ejercicio o simplemente (para no andar evangelizando por el mundo gratuitamente) avisarles de nuestra decisión...
Algunos escaparán despavoridos, otros propondrán caminos.
Disfrutar la vida tiene además una gran ventaja, se nota demasiado. Y esa calma en la mirada que suele producir estar en paz con uno mismo, suele abrir muchas más puertas que las patadas de los prepotentes. Tiene la desventaja de ir contra la corriente, de esa soledad a la que te condena tu sonrisa genuina.
Por el egoísmo de los demás no habrá que preocuparse demasiado, según las reglas de este juego cotidiano: "el que no llora no mama y el que no mama es un gil". Después de todo para disfrutar la vida parece que hay que tener coraje, y eso no se compra en la farmacia.
Voy a citar dos cosas a los efectos de condimentar esta ensalada. Primero algo que leí por ahí y que no recuerdo de quién era... "los muros más altos de nuestra libertad están en nuestra mente". Y por último al sexólogo Kusnetsoff que gráficamente explica esta cuestión del deseo propio y la relación con el de los demás: "si uno quiere ir arriba y el otro abajo no hay problema, si uno quiere ir arriba y el otro también... MEJOR, es sólo cuestión de ponerse de acuerdo".
Nos vemos...
viernes, 10 de agosto de 2007
Cuando, cuanto, por qué
No te preocupes demasiado el 95% de la humanidad nos acompaña, el otro 5% es millonario, está encerrado o drogado (y no me refiero sólo a estupefacientes ilegales, hay que contar hasta la aspirina misma). La combinación de ellas es una posibilidad, pero prefiero creer que no necesariamente están unidas entre si...
Hace un tiempo largo y apoyado sobre la fortaleza increíble de quien me acompaña en el camino de mi vida no permito, mejor dicho no me permito, desobedecer el mandato de honrar la vida (y aunque todavía no me sale del todo, insisto).
No es sencillo, porque no deja de ser complejo, y un camino a contramano de las cosas.
Casi todo el mundo (permítanme la inferencia y falaz generalización), anda(mos) "con los pies sobre la tierra", irresponsablemente haciendo lo que se debe hacer, sin más.
El trasfondo: temores y más temores. A no pertenecer, a no tener, a no saber que hacer, a no querer averiguar sobre que pasaría, a ver que hay afuera, a simplemente no asumir más cosas de las que evadimos a medias y aceptamos en cuotas, etc.
Somos los mismos que después andamos detrás de recetas mágicas del éxito, la felicidad. En definitiva del cambio positivo. SIN HACER NADA PARA CAMBIAR, o sin querer cambiar demasiado.
Lo paradójico es que vivimos cobardemente con la valiente idea de que no moriremos mañana.
Claro, si eso sucede se soluciona la cuestión... cambiaron radicalmente las cosas, pero el costo es excesivo.
Todo implica un esfuerzo. Cambiar, mucho más.
Pero... no hay esfuerzo más duro que cargar con lo que uno no quiere. Lo más jodido es cuando con el tiempo se te acalambran las ideas en frustraciones por tener ese peso encima cuando se sabe que uno debe soltarlo a tiempo.
Seguir viviendo es poder volver a empezar todos los dias, hacer lo que potencialmente se pueda (y eso implica hacer todo lo posible, TODO) para encarrilar las cosas a nuestro modo de ver. No se trata de hacer una revolución jacobina por día, sino preparar el complot que engañe y destrone a los temores.
Nos enseñaron desde chicos a no equivocarnos a no fallar a no "fracasar", pero por experiencia propia no hay peor sensación que equivocarse por otro (o por no hacer) y existe cierto placer en asumir la responsabilidad de consecuencias por algo que hicimos queriendo o deseando.
Habrá que empezar por cuestionar las excusas (no intenten moverlas todas a la vez, son demasiadas y la idea no es herniarse o terminar aplastado por ellas).
Aplicarle los interrogantes del título suele dejarlas al desnudo, indefensas o bien mostrarnos derrotados a nosotros mismos por la fortaleza de nuestras propias mentira. Y eso puede no resultar tan malo, generalmente el dolor provoca reacciones y las reacciones efectos que pueden terminar pareciéndose al aleteo de una mariposa en China.
Y si aceptan la invitación a compartir insanamente un ejercicio privado les propongo que, cuando estén en camino a sus tareas cotidianas, en la calle o donde puedan (el baño no deja de ser un buen lugar), pregúntense:
Cuando vivo MI vida?
Cuanto tiempo de mi existencia estoy vivo?
Cuanto me cuesta llevarla adelante y cuanto perdería de intentar cambiarla (todos sabemos cuanto y que ganaríamos)? y finalmente: por qué hacer lo que hacemos o dejar de hacer lo que queremos?.
Sería más fácil si supiéramos que este es nuestro último día de vida?
Si todas las respuestas te satisfacen en cuerpo y alma. FELICITACIONES. Haz logrado tu primer millón, estás drogado, o como yo aún eres prófugo del encierro al que estamos condenados los locos.
Ahora los dejo con una historia ejemplificadora de todo esto, yo estoy en medio de una revolución diaria...
Un grupo de científicos colocó cinco monos en una jaula, en cuyo
Entonces, los científicos sustituyeron uno de los monos. La primera cosa que hizo fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le pegaron. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera. Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo.
El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato. Un tercero fue cambiado, y se repitió el hecho. El cuarto y, finalmente, el último de los veteranos fue sustituido. Los científicos quedaron, entonces, con un grupo de cinco monos que, aun cuando nunca recibieron un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas.
Los monos después algún tiempo seguramente dirían sobre lo que hacen: "No se, las cosas siempre se han hecho así aquí..."!
Nos vemos...
miércoles, 8 de agosto de 2007
La historia del mundo (relato)
Mientras tanto los malos medio malos, intentaron colarse, entrar por la ventana a la alianza. Hacer trampa sin dañar a muchos, sólo a unos pocos de acuerdo al criterio menos malo.
No dio resultado, así es que fueron en busca de los malos malos para construir su propia alianza, que no prosperó por la maldad que los desunía.
Los terriblemente malos se habían juntado lejos de unos y otros, se sabían lo suficientemente inteligentes y malditos como para seguir solos.
Los imbéciles por su lado no sabían si tomar partido o no. No decidieron nada, sólo discutieron imbecilidades sin poder producir otra cosa que dolores de cabeza entre ellos mismos.
Cuando la alianza de "La gente buena unida" terminó por sellar en un documento sus principios básicos y la instrumentación e institucionalización de juicios y tribunales de ética y buen comportamiento, se autoconvocaron a integrar la Buena Milicia.
Allí surgió un gran inconveniente, un abismo insalvable para la alianza. Los buenos buenos no aceptaban la idea de integrar una fuerza militar, porque eso implicaba prepararse para la guerra, cosa mala si las hay. Los buenos no tan buenos, por las suyas ya tenían algún arreglo difícil de esclarecer con proveedores de armas, quienes no eran otras personas que malos malos buscando su beneficio personal. Cuando el acuerdo de venta de armas se cayó por la disolución lenta y agónica de la Buena Milicia, los malos malos asesinaron a los buenos malos y a los malos menos malos por no convencer al resto. Sólo se salvaron algunos "Vivillos" haciéndose pasar por buenos buenos.
Enterados de las dificultades organizativas de la Alianza, los malos medio malos decidieron atacar. Sin defensa armada, los buenos aliados intentaron con palabras, datos empíricos, dogmas varios y abundante retórica, convencer a los medios malos de lo mal que hacían. Fue inútil. Los buenos buenos incluso pusieron la otra mejilla como último acto voluntario antes de su muerte, con la pretensión de ser recordado como absolutamente buenos.
Los pocos "Vivillos" que habían sobrevivido a la venganza de los malos malos, terminaron matando buenos buenos para con ese acto testimonial convertirse en medio malos. Algún que otro malo menos malo, intentó usar el arma que llevaba escondida entre su ropa, pero todos terminaron superados por el inmenso número de malos medio malos.
Los terriblemente malos, observadores silenciosos y distantes, esperaban su momento como los buitres. Sabiendo que tarde o temprano la debilidad de todo ser humano se dejaría ver detrás de la necesidad o la malicia.
Entonces, sorpresivamente los malos malos también atacaron. Los malos medio malos apenas podían sostenerse en pie y evitar pelearse entre sí cuando los malos malos atacaron sin ninguna piedad, de hecho no sabía que era eso. La masacre supero en dimensión y atrocidad al genocidio de los buenos buenos y malos menos malos. Pero cuando sólo quedaban con vida unos pocos medios malos, entre los que aún persistían vivos diez o doce "Vivillos", el General y líder militar de los medio malos liberó su último desarrollo armamentístico.
Un potente gas de color ocre comenzó a esparcir por el aire un arma biológica "inteligente" capaz de afectar en forma selectiva a aquellas personas con el gen de la maldad presente en su ADN. Un arma verdaderamente mala. Murieron los últimos medios malos y todos los malos malos casi en el acto. Los buenos no tan buenos, esos "Vivillos" de supervivencia probada se sintieron vencedores sin querer, buenos para ganar sin pelear o para fingir lo que no eran, ahora probaban ser no tan buenos a la hora de los falsos saludos entre si. Intentando que el convencimiento propio e individual de que el logro le pertenecía a él y solo a él, permaneciera oculto y escapara apenas en el "ninguneo" social.
Los terriblemente malos que sabían del arma no tan secreta de los malos medio malos, decidieron matar desde lejos a esos "Vivillos" que se creían superiores al resto, acercarse hubiese implicado correr el riesgo de ser afectados por lo letal del arma biológica de probada eficacia.
Labor sencilla voltear con plomo a buenos no tan buenos desprevenidos y a la distancia. Eso fué hasta que el último bueno no tan bueno herido de muerte, arrastrándose entre los cadáveres de buenos buenos, malos malos y malos medio malos, en su último aliento de vida se convirtió en el trofeo principal al que todos aspiraban meterle un balazo entre los ojos.
La cosa pasó a mayores tan rápidamente que no hubo tiempo de distinguir quien ni como, uno mataba a otro con terrible saña y a traición. No quedó ni un sólo sobreviviente, incluso quien había logrado sobrevivir a la batalla inter pares se suicidó intentando superar la maldad del resto, torturándose a si mismo. Lo hizo lenta y dolorosamente.
Antes de cerrar para siempre sus ojos, ahogado en su sangre, alcanzó a ver maldiciendo como quien fuera el centro de la disputa, el mal herido bueno no tan bueno, allá a los lejos moría desangrado sin el deseado tiro en la cabeza.
El silencio fúnebre cubrió las últimas exhalaciones con un manto pesado y lúgubre. La batalla final de todos los tiempos la ganó la derrota total o la muerte, no hubo nadie que pudiera cerciorar quién de ellas había arribado primero a la meta.
El mundo ya no era el mismo. No olía igual, no se veía igual. No tenía a sus viejos amos ni pretendidos dueños o insistentes predicadores del deber ser, sino amontonados, inmóviles aquí o allá, con rostros, gestos y posturas tan rígidas y heladas que causaban escalofríos.
A nosotros los imbéciles, la verdad nos importó poco. Apenas si alguno como yo se acuerda más o menos de aquel día o los siglos en que sucedió lo que sucedió.
Desde entonces hemos tenido que arreglárnoslas solos.
Así es como muy de a poco, imbecilmente claro y sin saber para qué o por qué, terminamos por darle forma a este mundo en el vivimos hoy.
Nos vemos...
miércoles, 1 de agosto de 2007
Efecto mariposa
Vivir es algo así como arrojar piedras a un lago infinito en el que las ondas (esas pequeñas olas) afectan hasta la última molécula de ese océano calmo, afectando sobre todo el futuro, a las personas conocidas que te rodean a desconocidos y a futuras gentes por conocer. Inquietante... ¿No?
Claro, pertenecemos a generaciones "modernas" (en el sentido de la modernidad filosófica y las condiciones materiales históricas) y todo debería poder preverse, planificarse o "estar preparado". La cosa parece más compleja. Para no dar demasiadas vueltas con ejemplos, simplemente les propongo el ejercicio de pensar dónde y cómo están hoy (no importa si bien o mal). Ahora busquen en el pasado un punto lo suficientemente alejado que recuerden con claridad y donde se permitían jugar a delinear su futuro.
Si mi hipótesis es correcta, encontraran más "casualidades" que eventos o sucesos claramente relacionados que nos pusieron donde hoy estamos.
Con seguridad, los que ven demasiado mal su presente, pensarán en sí mismos como culpables en persona de sus fracasos, frustraciones y errores. No es totalmente cierto, pero ya volveré a este punto.
Quien vea que su situación actual sobresaliente es óptima y crea que ha sido el artífice único de su éxito... consulte a un médico... psiquiatra. El psicólogo lleva un poco más de tiempo...
Para continuar con la idea, tomo esas "casualidades", por las que aposté encontrarían. Estos efectos, son la mayor parte del tiempo atribuidos a un ser superior o en su oposición son un castigo merecido (o algo así sin pretender discutir sobre teología). Según la teoría del Caos, los efectos no tienen causas determinables en un proceso medianamente largo. Esto, por la cantidad de factores o variables "indeseadas o inesperadas" que se cruzan en el camino (quien recuerde la película Jurassic Park 1, allí hay una explicación... aceptable (aquí la tienen en italiano pero es para que recuerden la toma, a Gaby seguro que le servirá).
En definitiva nada es lineal y todo de alguna forma se correlaciona. Lo cual no significa que uno debe sentarse a esperar, sino todo lo contrario. Hay que actuar, con el convencimiento de que lo que hagamos afectará nuestro futuro. Incluso de la forma que menos esperamos.
Esta teoría, matemática (quizás por eso lo complejo del tema o lo aburrido de mi publicación a pesar de lo que dice Paenza -descargar libro gratis-) camina por un delicado equilibrio donde cualquier improvisado (como yo) corre el riesgo de confundir la cosa más con fundamentos religiosos que con cuestiones reales y objetivas.
En mi caso particular les confesaré algo que todavía me asombra (o me apesadumbra, según mi estado de ánimo). Tengo en mi mente , algo así como un recuerdo impreciso y no necesariamente completo o condensado en un sólo momento, el haber soñado mi vida hasta un punto determinado. Hablo de soñar porque la escasa rigurosidad o metodología utilizada (así como mi completa desinformación de muchas cosas dada mi edad) me impide decir que fuese planificación racional.
La cosa es que un día, por suerte (que no es más que la suma de muchas acciones propias, que llamo causas , acciones ajenas y los incontables y desconocidos efectos), me encontré incómodo parado sobre un punto donde aquel "sueño" de niño terminaba por cumplirse. Y eso créanme se siente como estar al borde de un precipicio. Desde allí me obligo a soñar todos los días de nuevo, por más loco que parezca.
Si, si ya sé que esta historia parece contradecir la teoría del caos, pero es más por el relato simplificador que otra cosa. Muchas cosas tuvieron que pasar en otras vidas para que sucediera lo que finalmente ocurrió.
Miren sino. Cuando soñaba con formar una familia, pensaba en eso. Sin demasiado detalle. Salvo condiciones de improbable comprobación como la mujer amada como complemento, los hijos, un perro amigo y demás.
Cuando me casé con la mujer que amo, tuve los hijos que tengo y a mi amigo perro, sumé causas y efectos del pasado y del presente.
Imaginen que para solamente encontrar al amor de mi vida, tuve que soñar alguna vez lo que soñé, por ende viajar cuando fue necesario, estudiar lo que había decidido (y soñado), coincidir en horarios y materias, estar tan loco como para avanzar a la mujer más hermosa de la facultad y ella estar más loca por haberme dado bolilla a mi.
Antes de eso, hizo falta que esta mujer que bendice mis días con su amor, pasión, amistad, compañerismo, retos y enojos, y que me regalara la felicidad que compartimos como familia numerosa, naciera aquel 31 de Julio en que nació, en el lugar que lo hizo, lo que comió, lo que vivió, lo que sintió, lo que leyó, lo que no, lo que hizo o dejó de hacer, etceteras miles...
Es decir que aquellas benditas alas que batió una mariposa hace justo hoy unos "pocos" años, provocaron este huracán en mi corazón por el cual estaré eternamente agradecido.
A todos ustedes... NOS VEMOS...
A vos mi Amor, Felíz cumpleaños!!! Gracias por enfrentar conmigo el desafío de vivir la vida juntos. Te amo.
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