lunes, 25 de septiembre de 2017

Extracto de diálogos cotidianos en otra Buenos Aires

- Habrá notado usted Rodolfo que el silencio dice más que las palabras. Es más, en mi caso creo que mi mirada es indiscreta no por lo que mira sino por lo que no oculta. Me cuesta ocultar lo que siento. Supongo que usted Rodolfo ya lo sabe, sino es así discúlpeme por el error.

-Mirta no sabría decirle. Para qué le voy a mentir, usted tiene esos ojos tan bonitos que para leerlos uno debería abandonar el buen gusto por la estética. Y en mi caso, la educación caballerosa me lo impide con una dama como usted delante.

- Rodolfo no me diga eso, estoy hablando en serio.

- También yo Mirta. No me pida que deje de ser yo para responderle una pregunta que usted me hace sabiendo lo que voy a responderle.

- No se Rodolfo, desde que lo conozco nunca me responde lo que yo espero. Y no crea que eso es una sorpresa, además tampoco resulta siempre agradable. Sobre todo con tanto halago de por medio. Las mujeres hemos aprendido, de generación en generación a desconfiar de las palabras bellas. Tanto que a veces terminan por disgustarnos o alejarnos de ciertas personas.

- Disculpe usted Mirta, sepa que si me diera la oportunidad coincidiría con usted en mucho. Incluso con que el silencio dice más que las palabras y/o las miradas. Vea que si usted no pregunta, yo me contento con admirarla y calculo que ese acto silencioso mi mirada debe decirle más cosas que mis respuestas en palabras.

- Rodolfo, cuánto hace que nos conocemos?

- 2737 días precisamente. Son 7 años y medio.

- En todo ese tiempo hemos hablado de tantas cosas sin decir más que lo esencial que, muchas veces, creo que usted sabe más que mi pareja y yo sobre mi vida.

- Mirta si usted quisiera yo podría ser parte de su vida, más allá de que me cuente sus cosas esenciales.

- No empiece Roberto. No otra vez. Seguramente usted sospecha que mis gustos y preferencias no son comunes. Incluso hay quienes dirían que son poco normales. No me mire así.

- Mirta, no se equivoque. Lo que suele sentirse en el corazón no siempre le permite a uno entender que el mundo gira como gira. Sí, sospecho que usted confunde mis intenciones con impulsos genitales, o al menos me he convencido de ello. Sepa que nada más alejado de la realidad, aunque no por ello dejo de ser un hombre como Dios manda.

- Ese es el problema Rodolfo. Yo no creo en Dios pero si existiera yo no sería de las que obedecen el mandato divino. Lo respecto Rodolfo, entienda que lo prefiero así, en su lugar y yo en el mío. Porque así, si no se ha dado cuenta lo necesito más que a nadie.

- Mirta no se aproveche de mi exposición, no sea cruel regando un jardín del que no recogerá ningún clavel. Por favor no me ponga en el lugar de tanguero sufrido.

- Disculpe Rodolfo. Dígame cuánto le debo por el café, si no me apuro pierdo el tranvía.

- Mirta, esta vez déjeme una sonrisa y déjeme creer que el lunes volveré a verla

- Gracias Rodolfo. Buen fin de semana

- Que tenga buen día señora

lunes, 3 de abril de 2017

El descubrimiento del fuego, el 1% de la humanidad y la revolución de lo (im)posible

Alguna vez, hace aproximadamente un millón y medio de años, una especie de mamífero bípedo se encontraba frente a un elemento que aunque no le era del todo extraño, porque seguramente reconocía la capacidad destructiva de este, le era ajeno en su más amplio sentido. Un día, seguramente muy especial, unos pocos de estos homínidos se arriesgaron, no sin pagar con dolor físico un costo previsible,  y pudieron mínimamente “atrapar” parte de aquella fuerza casi mágica y trasladarlo para el provecho de todo un grupo. En aquella desconocida fecha nuestro anónimo predecesor, más precisamente el Homo Erectus pudo trasladar el fuego de un incendio por medio de una antorcha improvisada.
De allí en más, el problema más importante no fue cómo conseguirlo, sino mantenerlo vivo. En términos biológicos el resultado de ese simple hecho fue espectacular. La especie conquistó territorios sin límites, mejoró su alimentación, incluso sus herramientas básicas, se multiplicó más rápidamente y lo más importante, conquistó la insegura oscuridad de la noche.
Una noche que era  todavía propiedad del sueño, los temores y el silencio, ya que el Homo Erectus carecía de un lenguaje hablado para el intercambio de ideas.
Mucho después, hace apenas unos treinta y cinco mil años, otra especie de homínidos conocida como Homo Sapiens, en latín “hombre sabio”, pudo encender el fuego a voluntad, frotando dos maderas con fuerza y un optimismo sin precedentes. Seguramente hizo falta un par de tercos individuos que ante el pesimismo generalizado escalaran la gloria y el poder político encendiendo una pequeña llama.
Este dominio casi mágico del fuego, alargó las veladas nocturnas y el silencio se fue quebrando en frases que comenzaron a concentrar hechos pasados, y constituirse en relatos y cuentos donde se magnificaban hazañas y resguardaban saberes. Los sueños crecieron al calor y la luz de las hogueras, mientras el ingenio hambriento crecía por sobre los logros materiales y apostaban al arte para plasmar cosas dichas y aprendidas.
Parece complicado pero no lo es. Hace un millón y medio de años, nuestros antepasados remotos, parieron las fantasías intelectuales, que ahora preferimos llamar ideas, encontrando en una antorcha improvisada la pareja progenitora. Hace sólo treinta mil años y con el fuego a nuestro pies, las ideas se liberaron de la mente individual para conquistar la libertad plena a través de los conceptos colectivos compartidos. Fue posible, recién entonces, soñar en conjunto, incluso planificar en términos utilitaristas. Desde entonces lo Posible, fue redefinido toda vez que un pequeño grupo de individuos (comenzando incluso con el par de individuos como cigoto necesario),  creía en sí mismo más allá de lo evidente.
La Academia griega quizás comenzó con un maestro y un aprendiz, y aunque tal vez no haya sido Rómulo y Remo el relato mitológico más plausible de la fundación de Roma seguramente se inició realmente con unos pocos. Y así, casi con seguridad fue requerido el mismo número mínimo de individuos, el que habrá iniciado aquella revuelta que terminó con la toma de la Bastilla, o en las independencias de América  Latina y cómo no en la Revolución Mexicana.
Desde aquella época, donde nuestros antepasados lograron encender la llama, hasta esta parte de la historia, mucha tinta y sangre han corrido bajo los puentes. Tanta que algunos Homo Sapiens tienen el descaro de autodenominarse “Homo Sapiens Sapiens”, a pesar de su incapacidad de hacer fuego con dos maderas y recurrir al fuego de las velas para recrear el sublime momento del apareamiento psicofísico del que gozaban nuestros ancestros en rudimentarias cavernas. Y en alguna parte del camino, a pesar de la invención de la imprenta y la revolución que supone internet, la fantasía se  volvió una cosa de locos o de niños y los sueños se han declarado bienes escasos y su posesión un lujo extravagante, a cierta edad por supuesto.
Pareciera que, como nunca antes, lo Posible está delimitado por un marco ideológico un poco teórico y casi siempre paracientífico, que convida sólo a unos pocos, a los de siempre, a fantasías de vuelo bajo y al conformismo material o mediático.
Así entendida, esta parece una época gris, donde habría que acostumbrarse al sabor agrio de la resignación y tener que convidar el trago a los hijos que nos suceden y justifican. Pero quizás sea algo similar a esto, o el frío insoportable de una era glaciar lo que llevó al 1% de los Homo Erectus a quemarse con el fuego para terminar inventando la antorcha, o la insoportable exigencia de mantener el fuego encendido lo que necesitó al mismo porcentaje de Homo Sapiens a raspar dos maderas, o el incómodo peso del ocio lo que indujo a los pocos griegos que la sufrían a iniciar la filosofía, o el simple miedo a otra invasión sangrienta empujó a una pequeña porción de gentes a la fundación de Roma o el hambre de muchos envalentonó a un porcentaje mínimo a la Revolución Francesa y lo mismo para la Revolución Mexicana y el Movimiento Independentista Latinoamericano.
No es una cuestión de fe, o quizás lo sea incluso por exigencia racional, sino fruto de lo solemnemente empírico la necesidad de afirmar que nada está perdido, o mejor dicho que todo está por ser descubierto nuevamente. Porque seguramente hay entre los casi siete mil millones de humanos sobre el planeta un 1% dispuesto a revolucionar la idea de lo Posible más allá de los límites razonables.
Y si para muestra solo se requiere un botón, vaya este artículo de colaboración  que nació entre los arrabales de Montevideo, la tierra que fascinara a Cortés y una charla sin tiempo entre amigos hermanados que se autodefinieron conscriptos voluntarios de ese porcentaje que no se rendirá ante lo “imposible”.
El lector ocasional, quizás crea que esta es una declaración de voluntades, una bravuconada retórica que pretende edulcorar el presente, pero será el lector que se apropia asiduamente de estas páginas el que se sentirá libre para creerse parte de esa porción de la Humanidad o no.
Para los primeros es necesario aclarar que ese 1% es aquel verdaderamente capaz de cambiar la Historia y quizás advertirles que cada vez resulta más fácil estar de este lado, sobre todo considerando que uno no puede sentirse sólo entre 70 millones de soñadores.

martes, 14 de marzo de 2017

El futbol, la identidad y yo

El futbol es parte del ADN de muchas generaciones latinoamericanas. De Argentina, Brasil y Uruguay desde hace más de una centuria. Eso no es algo menor. Es una diferencia clave para entender la cultura de estos países y sus implicancias.
Sólo para tener en cuenta y a modo de ejemplo, en Argentina uno no "le va a un equipo", "es" de un equipo. Y no se juega "con" la pelota, sino "a" la pelota. No son sutiles cuestiones. El futbol es parte del ser de los argentinos, brasileros y uruguayos por extender la epidemia a donde uno cree que es más visible.
Será por eso que se practica en las condiciones más variadas. Clima, superficie, edad y... estado físico.
El futbol no profesional es el escape de muchos de nosotros, ese momento lúdico irreproducible por cualquier otro medio. Es cierto, bastante misógino por la generación que me toca. Termina resultando una reunión de "machos" donde se alardea bastante y se juega poco a la pelota.
Las broncas y peleas, algunas más serias que otras, pueden terminar en un par de golpes, que se olvidan rápido compartiendo alguna bebida después del partido. Donde el resultado es una anécdota y lo destacable es el yerro o el acierto sin igual.
Eso, podría decirse, es común a todas las edades, comprensible para quienes lo juegan o lo jugaron alguna vez. Sin embargo las edades juegan un papel clave en el tipo de futbol que se juega, no me refiero a la competencia, la calidad o la velocidad en el desarrollo del juego.
Me refiero a esa impronta especial que tiene la razón de ser de los grupos que se arman para jugar frecuentemente el partido de futbol necesario.
Los hay de compañeros de trabajo, donde es necesario mezclar los "jovenes" con los "viejos" y los puestos se ocupan por "antiguedad" más que por comodidad o habilidad. Los desconocidos que hace años se conocen a medias porque fueron llegando de a poco y se sumaron a los convocados estables. Están los casados, los divorciados, los infieles, los fieles, los religiosos, los ateos, los homosexuales, los indefinidos, los perros, los que juegan fuerte y los que no quieren arriesgarse a perder días de trabajo o que la pareja los putee por una lesión peleando una pelota que no definía otra cosa que quien paga la cerveza post partido.
Últimamente, por suerte, el futbol femenino ha decorado las canchas de futbol de perfumes y formas más agradables que las de mi equipo al menos. Incluso ya se ven partidos mixtos, donde envidiamos a los jóvenes que los disputan desde nuestras fantasías más sórdidas, que suponen que sus vestuarios son más divertido que el nuestro.
Este último factor tampoco es menor si se tiene en cuenta que nuestra generación está sufriendo serios problemas de desatención en todas las posiciones, cuando la mirada está más allá de los límites de nuestro campo de juego y el 6 en vez de seguir al 9 termina atrapado en el escote del 5 o las piernas del 8 del partido de mujeres que se disputa en la cancha de al lado.
Todo esto, me dicen, es parte de un nuevo futbol. Un futbol posmoderno en el que Messi y Ronaldo (Cristiano) son reyes con millones por corona.
Quizás por ello la identidad del futbol no es la que era. En la era de la "posverdad" cualquiera sabe de futbol, opina y se anima a cuestionar todo. No hay "un" futbol, hay muchos.
En mi caso debo confesar que en parte en el futbol me pasa algo similar. Una crisis de identidad reciente, que me llevo a escribir este texto breve a modo de catarsis, anuncio o pregunta abierta.
Hace poco tiempo he roto la regularidad semanal de mi partidito necesario. Salteo semanas o meses. Sin lesión ni razón expresa aparente. Aunque no dejo de pensar que es el futbol el que me está dejando a mí y no a la inversa.
Que quede claro, el talento futbolístico nunca ha sido mi fuerte, soy de los que funcionan bien en un equipo sólido. Una pieza más, ni más ni menos. No es que la magia se agota, no había magia desde antes. Es la mística futbolera que empieza a abandonarme, quizás MI problema de identidad.
Entre mis problemas psicológicos, todavía, no se han revelado ni trastorno de identidad disociativa ni esquizofrenia por suerte. Yo sigo siendo Pablo en el equipo de los muchachos de los viernes, saben a que atenerse si me dan la pelota o me dedican insultos apasionadamente ante los que reacciono cuando cabe. Pero mi irregularidad en la asistencia ha terminado por acercarme a partiditos de futbol casuales con los papás de las escuela de mis hijos o los del club donde practican deporte o de los clex compañeros de facultad o el de los que nos juntamos en un asado de cumpleaños donde hay espacio para correr.
Uno de esos partidos casuales, terminó ocurriendo en unas canchas de futbol 5 que gerencia un amigo mío. A la noche, ya cuando él puede disponer de una cancha libre e invitar a conocidos a jugar "gratis". En aquel olvidable macht, yo me acerqué tímido a la cancha correspondiente, con la sensación de que haber errado hora, lugar y dimensión temporal. Cuando más cerca del grupo, más convencido estaba de mi error. Pero para mi sorpresa me saludaron cómo si me esperarán desde hace tiempo. El grupo de 10 personas era un grupo de jóvenes, ninguno con más de 24 años ni menos de 19. Mi amigo y yo eramos los únicos que superábamos la barrera de los 40.
Con poco o ningún público nos pusimos de acuerdo en armar equipos e identificarnos por el equipo con torso desnudo y equipo con camiseta del color que fuera. Me tocó ser parte del primero porque mi amigo tenía pudor de mostrarse.
Para los que no saben de futbol, es importante que sepan que la comunicación es clave como en cualquier otro deporte pero que en este eso se improvisa como en ningún otro. Enseguida el sobre nombre para cada jugador sale sólo. "Zurdo","Loco", "Pelado", etc. Así podés pedirle la pelota o decirle algo a alguien sin conocel pero tampoco sin que se confunda el destinatario. Esa noche, en medio de un equipo de jóvenes atléticos a mí me tocó el apodo de "Panza"... Apenaa lo escuché  me hice el desentendido, aunque concidia con la circunstancia de juego la negación me impidió autoreconocerme en un mote innecesario, que pensaba inmerecido y absurdo. Por eso cuando me llamaban así no respondía ni visual ni tácticamente, hasta que uno de los pibes vino a tocarme el hombro. "Che Panza déjate de joder y pasala." 
Sentí el impacto emocional y creo que ese golpe condicionó mi rendimiento. Fui un fantasma de aquél jugador regular que solía ser. De 4 puntos de promedio me vi merecedor de un 2 generoso. 
Todavía sigo sufriendo aquel partido.
Aunque hace una semana, en una tarde de verano insoportable, un grupo de padres suicidas (jugar al futbol con 33 grados no puede ser más que una pulsión de muerte) me obligaron a ser parte de otro encuentro deportivo. Ahí los equipos se definieron también por compensación, los jugadores de peso no podían jugar todos juntos. Por eso los gordos de distribuyeron equitativamente.
Comenzado el juego, apareció la improvisación para comunicarnos. No habían pasado 5 minutos, cuando mis compañeros me pedían la pelota al grito de "Flaco, flaco". Ese día fui la saeta dorada del partido, una especie de Caniggia y Batistuta juntos.
Sin embargo, volviendo a casa y sobre todo mientras tomaba una ducha y masticaba el primer analgésico con propiedades relajantes, me asaltó el problema de identidad como pretexto para volver a jugar al futbol.
No dudé demasiado, en un par de segundos me sentí absolutamente persuadido. Y allí tomé la indeclinable decisión de no volver a jugar seriamente al futbol hasta que no medie un acuerdo consensuado de cómo van a pedirme unívocamente la pelota.


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