martes, 11 de septiembre de 2007

"Ninguna mujer nace puta"..., pero todos lo hombres nacen boludos

Primero, vaya mi mayor reconocimiento al movimiento social de mujeres y en defensa de la condición femenina, que nacido en Bolivia y promovido inicialmente por meretrices, hoy es conocido en el mundo por una muestra itinerante y un libro muy vendido. La aclaración es hecha a los efectos de minimizar la critica pelotuda que suele aferrarse al corto entendimiento y confundiendo las cosas construyen la pira donde arde el mensajero y el autor del mensaje es invitado de primera fila.

Ahora si, volviendo al título que bautiza esta entrada, quiero exponer las razones de TODO lo que implica lo uno y lo otro. Créanme, no es un comentario misógino ni descalificador, es casi un análisis lingüístico sin la rigurosidad merecida.

Siempre me ha sido extremadamente complejo intentar explicarle a una mujer lo que el término PUTA, significa para, según creo y sostengo, los hombres que intentan no ser tan machistas. La cuestión es simple: trola, puta y prostituta son sinónimos que no implican graduación alguna. Describen las actividades económico laborales de mujeres dedicadas a una de las profesiones más antiguas de la historia de la humanidad. Intercambia su cuerpo y sus artes como servicios (mercancía) por bienes o moneda corriente, durante un tiempo determinado y por un arancel acordado con anticipación. Puta en definitiva resulta para los hombres un sustantivo, aunque también es cierto que un arma de ataque como adjetivo descalificador que cala hondo en ellas.

Para la mayoría de las mujeres (léase para el 99,9%) la cuestión es mucho más compleja, enredada. Y permítanme llevar esta cuestión a un ejemplo para ponerlo en situación pseudo hormonal y si se quiere trivial pero significativo a mi modo de ver. Los colores y su denominación.

Para un heterosexual, el color naranja es color naranja. Los matices se describen aplicando adjetivos como oscuro, claro, suave, fuerte o fluor como máxima sofisticación. Para ustedes mis queridas niñas, el naranja no existe. Es caqui, maíz, camel, eléctrico, ecléctico y no sé cuantas variantes más. Difícil de entender por más explicaciones que den queridas chicas.

Veamos esa complejidad en la cuestión INTERPARES femeninos y el peso específico del término en cuestión.

Allí tengo que reconocer dos subgrupos de mujeres diferenciados básicamente por cuestiones netamente generacionales, no por la edad específicamente sino por la incorporación atemporal al lenguaje cotidiano de palabras que reemplazaron a cabaretera, meretriz, etc.

Asi es que pongamos a las mayores de 45 a la izquierda en el grupo que llamo leonas carnívoras (por su invalorable capital de conocimientos, tan apreciado como la firmeza o la curvatura de las otras). Ellas no se preocupan por el sentido actual de los términos, saben que existe y los usan como sinónimos. Eso si, los conceptos en cuestión no tienen por qué estar relacionados directamente con la actividad profesional que comentara más arriba. Son netamente descalificadores. Puta es toda mujer que conoce más penes adultos de los que "debiera" (no he podido encontrar cual es el punto de inflexión de ese deber ser, no hay número o estado civil o actividad que permita ser tajante. A veces conocer 2 penes adultos merece el título de puta, otras circunstancias permitirían un número mayor indeterminado).

A las menores de 45, les toca el rincón de la derecha. A este grupo lo llamaré felinos juguetones (para evitar la connotación negativa que tiene el término "gatita" entre las mujeres). En este grupo alborotado y competitivo los matices tiene peso sobre cada uno de los términos. Veamos.

Perra le dicen a una mujer con dotes atractivas, actitud desafiante y erotismo evidente. Hay una carga contradictoria de admiración y envidia que vuelve imprecisa la valoración que uno puede hacer del adjetivo. Si vieran a esa "perra" participando de un beso francés en un auto importado con un hombre (probablemente atractivo pero mayor que ella) le cabría el término "trola". Trola es aquella que no parece preocuparse por guardar cierta forma ante la regla de la histeria genérica de mírenme mucho tóquenme nada, o que no tiene miramientos para con sus impulsos hormonales complejos. Prostituta queda reservado para las profesionales del sexo y para aquellas que, siendo amateurs, consiguen beneficios de cualquier tipo. El uso de este último término pareciera suponer una imposibilidad de retornar a la categoría de mujeres comunes. No se nace puta pero tampoco se deshace en esta vida. Una "prosti" está del otro lado, las porstitutas serían no mujeres según sus propios códigos.

MACHISMO 100% femenino, o algo así.

Raíces culturales y cuestiones religiosas de trasfondo, son apenas parte de lo que se ve del iceberg. El pecado condena al deseo y el deseo a la femineidad en su máxima expresión.
Asi es que el sexo por placer es inconfesable públicamente pero por suerte una práctica generalizada a un mundo que agoniza por falta de amor y sonrisas, y le sobran lágrimas y soledades.

La información abundante con mecanismos sociales de negación perversos vuelven la cuestión una paradoja irresoluble para niños y adolescentes. Así arrecian los embarazos adolescentes y preadolescentes, el aborto clandestino y el tráfico de bebes por hipocresía de costo elevadísimo o descarado desentendimiento o punibles explicaciones simplificadoras.

Si mi tía abuela, a quien la palabra orgasmo le suena a un antiespasmódico analgésico ( o al menos ha logrado convencernos de ello), leyera esto, se abochornaría. Me diría algo como:

- que pretendés que sea un viva la pepa?

Y sí, más o menos. Aunque nunca llamaría "Pepa" a una cotorra y nunca relacionaría a la vagina con un ave.

No hablo de convertir al sexo en pasatiempo y el amor en una cuestión literaria, por el contrario. Propongo insistir en la búsqueda del bienestar, que en el caso de nuestra especie, mamífera y de sangre caliente, se encuentra en el contacto social, con otro u otros. El placer cumple un papel natural en el relacionamiento y sobre todo en la supervivencia de la especie.

Creo en lo personal que las mujeres ya corren con demasiadas desventajas como para que al sentido de la culpa que reina sobre lo que llamamos responsabilidad individual le agreguen un cepo social a sus propias intimidades.

De todas maneras sé que escribo en vano sobre los objetivos que pretendo. Pero no así en consecuencias o respuestas.

Para eso preparo mi defensa:

- A los hombres que me tildarán de demagogo femenino en posición de caza de mujeres liberadas, les confieso mi preocupación por mis propias hijas mujeres en el futuro sobre los condicionamientos de género.

- A las pudorosas y límpidas mujeres que reclamarán mi cabeza como mensajero diabólico, les declaro mi deseo proyectado sobre mis tres hijos para que puedan disfrutar sana y concientemente del epicentro del poder de la naturaleza y la maravilla de la procreación PLACENTERAMENTE y sin culpas.

- Y para los machistas que preparan el cadalzo destinado a los traidores, les confieso mi irreflenable proyección sobre mi hijo varón como artista, para que haga abuso del instrumento que le fue entregado.

Y si aún así quisieran condenarme a quien sabe que pena, les recuerdo queridos lectores mi inimputabilidad agravada por mi condición innata de boludo y mi natural inclinación por perseverar en esa senda que me ha transformado en este pelotudo grandote.

Nos vemos...

martes, 4 de septiembre de 2007

Cosas que me preocupaban a los 11 años

No me explico todavía como era que podíamos jugar entre aquellos pibes de dieciocho a veintipico. Me cuesta recordar una explicación lógica para que dos nenes de 10 u 11 años estuviéramos metidos en un picado que nos sobraba por todos lados. Nos quedaba grande de todo, menos de barrio. Pertenecíamos al barrio, esa era una ventaja. Posiblemente la otra fuera nuestro físico. Parecíamos mayores a la edad que teníamos y por que no decirlo, completábamos el número adecuado para armar un buen partido de futbol. Claro que casi nunca jugabamos juntos con Oscar. Eso sería castigar al equipo para el que jugábamos. Asi que para no dar ventajas, cada uno desfavorecía a cada equipo más o menos en la misma medida. Oscar era zurdo, terminaría siendo un buen seis con llegada en uno de los clubes del pueblo. Yo en cambio, derecho para patear y zurdo para escribir, deje el futbol cuando me empezaron a gustar las chicas casi tanto como los libros de lectura. Aquellos partidos eran una prueba de fuego para nosotros, cada pelota era o una metida de pata o un acto heroico que pagaríamos en el próximo cruce con el contrincante ofendido. Pero ahí estábamos, meta poner el pié y ellos, creo, perdonándonos en el fondo por no tener problemas con nuestras familias. Jugábamos en la cancha de la vía, la primera que recuerdo haber pisado, cerca del tanque de agua del tren que desmantelaron tiempo después. En la bocacalle de Alsina, donde vivía Oscar, cruzándose con la calle América, donde vivía yo. Recuerdo esa cancha de tierra pelada como si estuviera parado en ella. Me acuerdo de los cardos detrás del arco más lejano de casa, que suponían un obstáculo permanente cuando la pelota se perdía en el verde espinoso. Creo que fue en verano que empezamos, y perdonen la falta de memoria, pero tampoco recuerdo cuando fue que terminamos en la etapa donde nosotros eramos los grandes y dueños de la canchita. Me acuerdo de mi abuelo llevándonos agua después de la hora de la siesta. Un verdadero alivio contra varios grados de temperatura. Pretexto que usaba él para espiar mi juego o vigilar mi integridad. Aunque quizás recuerde sólo un partido, ese del verano o varios que se mezclan para hacer una especie de gran final, vale la pena que les cuente. Tengo en la memoria a los personajes como sustantivos. Con artículo delante porque si lo quitara quizás aquellos jóvenes perderían identidad o sentido según mi modo de ver. Entre otros jugaba el Josengo, el Milton, el Adrián, Cuellito, el Didi, el gordo Alvarado y tantos otros que me duele no recordar por el nombre y de los que tengo sólo el rostro o el recuerdo de alguna puteada hacia mi. Hincha reciente de River (dicen que de muy pequeño me decían ser de Boca), admiraba a Fillol por esa estampa de salvador fachero con buzo verde, que se atajó todo en el primer mundial que viví. Así que si podía y me dejaban, iba al arco. Y no era difícil, la única competencia que tenía era algún gordo que como nosotros no aportábamos mucho en el medio campo o adelante. Y ser arquero para mi era, como en casi todo lo que hago, una cuestión de vida o muerte. Sin el temor que uno aprende con los años, era sacador de pelotas del mismo pié del delantero, o amortiguador de una patada con destino de pelota que encontraba mis costillas de consuelo. Arquero sangrante por decisión propia, si no sangraba no servía, así lo sentía. Tenía las dos rodillas sangrando durante casi todo el partido, posiblemente algún codo y alguna que otra vez el labio o la nariz. Tanto que mi abuela no quería que jugara porque me lastimaban de brutos que eran los otros. O cansada de lavar remeras teñidas de mi rojo sanguíneo. Sin embargo con los días empecé a sentir en el alma esa mirada cómplice de apoyo y sorpresa de mis compañeros de equipo. Una especie de asombro orgulloso que se regalaban como equipo, para con el arquerito o quizás era mi imaginación simplemente. No eran grandes partidos, pero para mi eran todos una final del mundo, lo mismo para mi amigo Oscar. Era la aprobación de alguno, algo así como un gol en la selección. La habilidad de cada uno no la tengo presente, recuerdo sí algo que me llamaba poderosamente la atención de uno de los mas grandes. El Didi, de melena oscura de rulos, flaco y alto, jugaba descalzo. Pero eso era la mitad de mi admiración futbolística. Para mí, semejante cuestión era casi un símbolo de la barbarie humana, pero en la cancha de futbol frente a las "Flecha" de algunos, los botines de pocos y las alpargatas del resto "la pata pelada" era coraje in situ. La otra mitad del asombro potenciaba mi sorpresa, le pegaba a la pelota con la fuerza de un burro. Recuerdo a más de uno retorciéndose en el medio de la cancha fregándose el lomo para mitigar el ardor de cada pelotazo recibido que partiera del pie derecho desnudo. Ni hablar si la pelota entraba en el arco sin red o salía desviada. El partido se demoraba lo que tardaba cualquiera caminando para ir a buscar la pelota a por lo menos cincuenta metros. Alguno de esos días de verano, atajando en el arco más lejano a mi casa con el resultado pautado en "quien hace el gol gana", tengo la tarde más memorable grabada a fuego en mi mente sobre la tierra dura de ese estadio hoy inexistente. Posiblemente sea yo el único que recuerde mi gran actuación, o quizás no haya sido tal cosa y pasó a ser sólo una parte pequeña de lo que sería un partido más para otros. El arco que defendía, tenía como travesaño una rama de eucalipto atada con alambre a los dos palos. Tenía una pansa hacia mi derecha, lo que me permitía estar "colgado" con lo brazos, sin estarlo. Para descansar o aparentar tranquilidad y solvencia. El ángulo izquierdo me resultaba irremediablemente inalcanzable, saltando apenas podía rasguñar la rama que hacía de travesaño. A mi izquierda, un palo gordo en la base hasta aunos treinta centímetro y después un poste casi tan flaco como yo, apenas más grueso que mis brazos de entonces. La cuestión estaba en el palo derecho, también de eucalipto. Yo supongo que habría sido una parte alta de ese tipo de árboles, donde salen varias ramas jóvenes. Grueso tanto como para poder abrazarlo y tocarse apenas los hombros uno mismo, estaba lleno de nudos. Pequeños restos duros del nacimiento de aquellas ramas de las que había sido despojado. No eran espinas ni cuchillos pero se asemejaba a un rallador de queso por lo abrasivo, aunque bastante espaciados. A mis pies, el terreno un poco más hundido que el resto. Era el centro del arco, epicentro de desencuentros con el gol, de rebotes gloriosos o revolcones multitudinarios. A casi medio metro de distancia se produjo el incidente que abrió la página de esta historia. Mano. Si, mano de uno de mis compañeros en plena área. Zona que no delimitaba otra cosa que nuestra imaginación, sentido común o criterio de "hasta donde el arquero con la mano". Discusión de por medio, a punto de definirse un partido con el gol de oro y sin árbitro, la cosa estaba espesa como gárgara de dulce de leche, para que nos metiéramos los más chicos a la discusión. Finalmente fue penal. Doce pasos, alargados por mis compañeros y acortados por los contrincantes. Una vez la pelota en su lugar, se desató otra trifulca. Alguno de mis compañeros pugnaban por reemplazarme ellos mismos tratando de asegurarse a su modo ante mis posibles deficiencias. Los contrarios hicieron causa común para que el cambio fuese impedido y lograron su cometido. Ahí quede yo. Con la inmensidad del arco y la pelota gastada en el piso, en calma, esperando por su destino. Cuando levanté la vista reconocí los pies descalzos del Didi, tomando carrera levantando polvo y atemorizándome. Escuchaba el aliento de alguno de mis compañeros, mientras otros resignados estaban sentados en el piso junto a contrincantes tan seguros de su victoria como de la potencia del Didi. Recuerdo haberme decidido por tirarme a la derecha. Y tuve suerte. El pelotazó del Didi me pegó entre las muñecas y la parte interna del codo. Me lanzó hacia atrás, empujándome contra el palo lleno de nudos que me rayó la espalda a la altura de los omóplatos. La pelota rebotó lejos, hacia la mitad del campo de juego desde donde un compañero canjeo el rebote por triunfo de contrataque ante el arco contrario desatendido. Cuando me levanté del piso, tenía las lágrimas listas, los antebrazos rojos y la espalda arañada por el poste, y sangrando. Contuve. Suspiré mirando al piso. Volví a contener para no parecer maricón después de semejante hazaña. Luego nos fuimos desparramando por el barrio sin más. Me dolía hasta el alma pero el orgullo me calmaba. Saludé a Oscar y me fui corriendo a casa. Mi premio llegó algunos días después, cuando me sentí un jugador de "primera" por dos enormes causas: Empezaron a usar mi nombre en diminutivo en vez de pibe, pendejo o "dale nene". Y lo mejor de todo, cuando pisábamos o sorteábamos para armar los equipos, ya no nos elegían últimos.
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