Sólo para tener en cuenta y a modo de ejemplo, en Argentina uno no "le va a un equipo", "es" de un equipo. Y no se juega "con" la pelota, sino "a" la pelota. No son sutiles cuestiones. El futbol es parte del ser de los argentinos, brasileros y uruguayos por extender la epidemia a donde uno cree que es más visible.
Será por eso que se practica en las condiciones más variadas. Clima, superficie, edad y... estado físico.
El futbol no profesional es el escape de muchos de nosotros, ese momento lúdico irreproducible por cualquier otro medio. Es cierto, bastante misógino por la generación que me toca. Termina resultando una reunión de "machos" donde se alardea bastante y se juega poco a la pelota.
Las broncas y peleas, algunas más serias que otras, pueden terminar en un par de golpes, que se olvidan rápido compartiendo alguna bebida después del partido. Donde el resultado es una anécdota y lo destacable es el yerro o el acierto sin igual.
Eso, podría decirse, es común a todas las edades, comprensible para quienes lo juegan o lo jugaron alguna vez. Sin embargo las edades juegan un papel clave en el tipo de futbol que se juega, no me refiero a la competencia, la calidad o la velocidad en el desarrollo del juego.
Me refiero a esa impronta especial que tiene la razón de ser de los grupos que se arman para jugar frecuentemente el partido de futbol necesario.
Los hay de compañeros de trabajo, donde es necesario mezclar los "jovenes" con los "viejos" y los puestos se ocupan por "antiguedad" más que por comodidad o habilidad. Los desconocidos que hace años se conocen a medias porque fueron llegando de a poco y se sumaron a los convocados estables. Están los casados, los divorciados, los infieles, los fieles, los religiosos, los ateos, los homosexuales, los indefinidos, los perros, los que juegan fuerte y los que no quieren arriesgarse a perder días de trabajo o que la pareja los putee por una lesión peleando una pelota que no definía otra cosa que quien paga la cerveza post partido.
Últimamente, por suerte, el futbol femenino ha decorado las canchas de futbol de perfumes y formas más agradables que las de mi equipo al menos. Incluso ya se ven partidos mixtos, donde envidiamos a los jóvenes que los disputan desde nuestras fantasías más sórdidas, que suponen que sus vestuarios son más divertido que el nuestro.
Este último factor tampoco es menor si se tiene en cuenta que nuestra generación está sufriendo serios problemas de desatención en todas las posiciones, cuando la mirada está más allá de los límites de nuestro campo de juego y el 6 en vez de seguir al 9 termina atrapado en el escote del 5 o las piernas del 8 del partido de mujeres que se disputa en la cancha de al lado.
Todo esto, me dicen, es parte de un nuevo futbol. Un futbol posmoderno en el que Messi y Ronaldo (Cristiano) son reyes con millones por corona.
Quizás por ello la identidad del futbol no es la que era. En la era de la "posverdad" cualquiera sabe de futbol, opina y se anima a cuestionar todo. No hay "un" futbol, hay muchos.
En mi caso debo confesar que en parte en el futbol me pasa algo similar. Una crisis de identidad reciente, que me llevo a escribir este texto breve a modo de catarsis, anuncio o pregunta abierta.
Hace poco tiempo he roto la regularidad semanal de mi partidito necesario. Salteo semanas o meses. Sin lesión ni razón expresa aparente. Aunque no dejo de pensar que es el futbol el que me está dejando a mí y no a la inversa.
Que quede claro, el talento futbolístico nunca ha sido mi fuerte, soy de los que funcionan bien en un equipo sólido. Una pieza más, ni más ni menos. No es que la magia se agota, no había magia desde antes. Es la mística futbolera que empieza a abandonarme, quizás MI problema de identidad.
Entre mis problemas psicológicos, todavía, no se han revelado ni trastorno de identidad disociativa ni esquizofrenia por suerte. Yo sigo siendo Pablo en el equipo de los muchachos de los viernes, saben a que atenerse si me dan la pelota o me dedican insultos apasionadamente ante los que reacciono cuando cabe. Pero mi irregularidad en la asistencia ha terminado por acercarme a partiditos de futbol casuales con los papás de las escuela de mis hijos o los del club donde practican deporte o de los clex compañeros de facultad o el de los que nos juntamos en un asado de cumpleaños donde hay espacio para correr.
Uno de esos partidos casuales, terminó ocurriendo en unas canchas de futbol 5 que gerencia un amigo mío. A la noche, ya cuando él puede disponer de una cancha libre e invitar a conocidos a jugar "gratis". En aquel olvidable macht, yo me acerqué tímido a la cancha correspondiente, con la sensación de que haber errado hora, lugar y dimensión temporal. Cuando más cerca del grupo, más convencido estaba de mi error. Pero para mi sorpresa me saludaron cómo si me esperarán desde hace tiempo. El grupo de 10 personas era un grupo de jóvenes, ninguno con más de 24 años ni menos de 19. Mi amigo y yo eramos los únicos que superábamos la barrera de los 40.
Con poco o ningún público nos pusimos de acuerdo en armar equipos e identificarnos por el equipo con torso desnudo y equipo con camiseta del color que fuera. Me tocó ser parte del primero porque mi amigo tenía pudor de mostrarse.
Para los que no saben de futbol, es importante que sepan que la comunicación es clave como en cualquier otro deporte pero que en este eso se improvisa como en ningún otro. Enseguida el sobre nombre para cada jugador sale sólo. "Zurdo","Loco", "Pelado", etc. Así podés pedirle la pelota o decirle algo a alguien sin conocel pero tampoco sin que se confunda el destinatario. Esa noche, en medio de un equipo de jóvenes atléticos a mí me tocó el apodo de "Panza"... Apenaa lo escuché me hice el desentendido, aunque concidia con la circunstancia de juego la negación me impidió autoreconocerme en un mote innecesario, que pensaba inmerecido y absurdo. Por eso cuando me llamaban así no respondía ni visual ni tácticamente, hasta que uno de los pibes vino a tocarme el hombro. "Che Panza déjate de joder y pasala."
Sentí el impacto emocional y creo que ese golpe condicionó mi rendimiento. Fui un fantasma de aquél jugador regular que solía ser. De 4 puntos de promedio me vi merecedor de un 2 generoso.
Todavía sigo sufriendo aquel partido.
Aunque hace una semana, en una tarde de verano insoportable, un grupo de padres suicidas (jugar al futbol con 33 grados no puede ser más que una pulsión de muerte) me obligaron a ser parte de otro encuentro deportivo. Ahí los equipos se definieron también por compensación, los jugadores de peso no podían jugar todos juntos. Por eso los gordos de distribuyeron equitativamente.
Comenzado el juego, apareció la improvisación para comunicarnos. No habían pasado 5 minutos, cuando mis compañeros me pedían la pelota al grito de "Flaco, flaco". Ese día fui la saeta dorada del partido, una especie de Caniggia y Batistuta juntos.
Sin embargo, volviendo a casa y sobre todo mientras tomaba una ducha y masticaba el primer analgésico con propiedades relajantes, me asaltó el problema de identidad como pretexto para volver a jugar al futbol.
No dudé demasiado, en un par de segundos me sentí absolutamente persuadido. Y allí tomé la indeclinable decisión de no volver a jugar seriamente al futbol hasta que no medie un acuerdo consensuado de cómo van a pedirme unívocamente la pelota.
Comenzado el juego, apareció la improvisación para comunicarnos. No habían pasado 5 minutos, cuando mis compañeros me pedían la pelota al grito de "Flaco, flaco". Ese día fui la saeta dorada del partido, una especie de Caniggia y Batistuta juntos.
Sin embargo, volviendo a casa y sobre todo mientras tomaba una ducha y masticaba el primer analgésico con propiedades relajantes, me asaltó el problema de identidad como pretexto para volver a jugar al futbol.
No dudé demasiado, en un par de segundos me sentí absolutamente persuadido. Y allí tomé la indeclinable decisión de no volver a jugar seriamente al futbol hasta que no medie un acuerdo consensuado de cómo van a pedirme unívocamente la pelota.
1 comentario:
Genio!
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