jueves, 21 de octubre de 2021

El gato con medias de trescientos dólares

Abrió la puerta y se encontró con un desorden inesperado. Cajones fuera de lugar, papeles tirados por el piso, ventanas  y cuadros inclinados o en el piso. No había nada roto ni sucio, pero todo estaba fuera de lugar.

Ni siquiera el gato vino a recibirme. No lo encontré en la cocina, tampoco en la habitación. Supuse que estaría en el baño por descarte. Era el único ambiente con la puerta cerrada.

Abrí la puerta con precaución evitando golpear al animal si es que estaba detrás. Apenas hubo espacio entre la puerta y su marco, un vapor denso preanunciaba al agua caliente que estaría corriendo libre. Apenas podía distinguir los dibujos en la cortina del baño. El espejo era un muro de agua condensada sin reflejo alguno. La ducha abierta era la fuente de tanto calor y nube.

Pisé el cepillo de dientes, la maquinita de afeitar y terminé pateando un jabón en el piso. No estaba la alfombra ni había señal del felino. La tapa del inodoro baja era inusual. Imaginé lo peor. Levanté la tapa y nada.

Volví al dormitorio con la intención de tirarme en la cama para pensar con claridad. No importó la ropa tirada ni el televisor encendido sin sintonía y torcido hacia la ventana.

Buscaba explicaciones posibles o paranormales, pero ninguna me convencía demasiado.

Empezaba a oscurecer cuando se cortó la luz. Me quedé en penumbras y en silencio. Tardé apenas 5 minutos en dormirme. Tuve la esperanza de haber tenido una pesadilla pero duró un instante, hasta que volví a mirar el interior del placard. Para mi sorpresa las perchas de madera habían resistido colgadas.

Descalzo como estaba fui al baño a mear. Estaba en eso cuando recordé los 300 dólares en las medias de futbol del último cajón. Pero ni el cajón estaba en su lugar y todas las medias desparramadas.

Revolví la ropa con desesperación. Aparecieron varias cosas que no sabía que tenía, pero ni noticias de las medias o el gato.

Me tiré al suelo y la percha de plástico se me clavó en la rodilla. Me tiré de costado para ver debajo de la cama. El bollo azul estaba del otro lado. En la pata más lejana de la cabecera. Pensé en rodar sobre la ropa encima del colchón, pero decidí dar la vuelta corriendo.

El meñique del pie derecho se estrelló contra algo más duro y sólo se me ocurrió putear a los gritos por todo. Me tiré al piso a modo de escape y manoteé las medias con bronca. Con tanta mala suerte que se me escapó de la mano, directo al balcón y más allá.

Una, dos vueltas y a la tercera cayó 8 pisos, pegó en el techo de un colectivo que pasaba y desapareció entre los autos estacionados en la vereda de enfrente.

 Si no fuera por la confianza de haber sentido el canuto y ese ruido de papel arrugándose no hubiera salido rengueando, descalzo y por las escaleras a rescatar mis medias favoritas.

En el cuarto escalón me percaté que la oscuridad era completa. Necesitaba la linterna o el celular. Volví sobre mis pasos hasta la puerta que resultó estar más cerca de lo que pensaba porque no pude evitar el golpe. 

Con los bolsillos vacíos y sin las llaves a mano, me lancé a la oscuridad de las escaleras separando en sílabas la puteada más larga que se me ocurrió. El quinto y sexto piso los rodé. A los demás preferí tomarlos con calma y tantear con el pie cada escalón apoyado en la pared.

Tampoco había luz en la calle, aunque del lado de adentro del palier se veía más clara la calle.

Me senté en el piso a esperar que alguien entrara o saliera, tratando de no perder de vista el lugar donde podrían estar las medias y los ahorros.

El marihuanero del 5to gritó asustado cuando me vió, de otra forma yo no me hubiera escapado de un sueñito corto e imprevisto. Salía y aproveché a salir detrás de él.

Podría jurar que vi al gato debajo del auto, junto a las medias. Debe ser por eso que no me percaté de la bicicleta ni de la mujer que cayó sobre mí, al tiempo que me aturdía con sus agudos.

Todavía me puteaba cuando desistí de pedir perdón y me concentré en rescatar al gato y las medias.

Sentado en el cordón de la vereda con mis dólares, las medias y mi gato encima, levanté la vista y la vi tratando de enderezar la rueda delantera.

Le cambié gato por bici. Mientras apretaba con las rodillas la rueda y con los brazos forzaba el manubrio a la posición original, la vi sonreír por primera vez y a mi mascota traicionera ronronearle sobre el pecho.

Después caminamos unas doce o catorce cuadras. Me dolía el dedo del pie y los talones por caminar sin zapatos. Le pedí disculpas cuando le propuse sentarnos. Sonrió por segunda vez y me contagió.

El gato se durmió en su falda y yo empecé a derretirme. Me preguntó muy seria si yo creía en el amor a primera vista. No supe que decirle.

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